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En Colombia llegamos a normalizar lo absurdo. Más de 100 candidatos presidenciales —107, para ser exactos— no son pluralismo democrático sino irresponsabilidad política. Un tablero saturado de egos y cálculos personales que confunde al electorado y debilita cualquier idea seria de gobierno.
Por eso, en un ambiente profundamente polarizado, la Gran Consulta no es un problema. Es, de hecho, el mejor camino hoy hacia la Presidencia: el paso que nadie quería dar.
Mientras muchos prefirieron seguir solos, invadidos por la soberbia y concentrados en el reposicionamiento de votos, otros decidieron hacer algo que en Colombia cuesta: unirse, ordenar la competencia y pensar en el país como un propósito común.
Dejar el ego de lado, aceptar que se puede perder públicamente y, aun así, respaldar un proyecto común. Eso es pensar en Colombia.
La necesidad de esta consulta no surge del capricho sino del momento político. Las encuestas muestran un tablero estancado, opciones cuestionadas y un país resignado a elegir entre escenarios que no convencen. Colombia merece una alternativa distinta, decente y creíble: algo mejor que candidaturas obligadas a justificar presuntos vínculos con estructuras criminales o a guardar silencio frente a relaciones cuestionables.
Lo valioso de la Gran Consulta no es solo que exista, sino quiénes la integran. No hay improvisación ni figuras salidas de la nada, sino trayectorias y experiencia que permiten discutir, con seriedad, qué significa gobernar.
En Vicky Dávila hay confrontación. Disposición a decir lo que otros evitan, a incomodar al poder y a poner temas incómodos en el centro del debate público. Puede gustar o no, pero no es una figura tibia ni irrelevante: desafía y obliga a dar respuestas.
En Mauricio Cárdenas hay rigor. Aporta algo escaso en campaña y vital en el gobierno: conocimiento técnico del Estado, experiencia fiscal y claridad sobre los límites económicos del país. Gobernar no es prometer sin freno; es entender hasta dónde se puede llegar y cómo se sostiene.
Aníbal Gaviria es territorio. Experiencia territorial y conocimiento del poder local. No piensa el país solo desde Bogotá, sino desde sus departamentos y regiones, desde esa Colombia que suele quedar fuera del debate nacional y que define la vida de millones.
En David Luna hay serenidad. Capacidad de diálogo y asertividad. Entiende la gestión pública y la necesidad de construir acuerdos en un país donde gobernar sin dialogar es fracasar rápidamente.
Juan Daniel Oviedo es evidencia. Respeto por los datos y una visión del Estado basada en información verificable, no en ideologías. Las políticas públicas se construyen desde diagnósticos serios y decisiones medibles.
Juan Manuel Galán es institucionalidad. Una tradición democrática que no grita, pero persiste; respeto por la democracia, las reglas y las instituciones.
Paloma Valencia es claridad. Claridad ideológica, carácter y preparación. En un escenario donde muchos prefieren diluirse, su coherencia ordena el debate y fija límites sobre qué se defiende y cómo se gobierna.
Juan Carlos Pinzón es Estado. Experiencia en seguridad y conocimiento de cómo funciona el país en momentos críticos, con una mirada realista sobre los desafíos del orden público.
Enrique Peñalosa es ejecución. Sabe administrar, tomar decisiones difíciles y hacer que las cosas pasen. Gobernar no es solo diagnosticar; también es asumir costos y ejecutar.
Esta consulta no es una suma de egos. Es lo contrario: la decisión de aceptar que alguien pierda para que algo más grande gane. En un país donde pocos asumen ese costo, eso ya marca una diferencia.
La Gran Consulta no es perfecta, pero sí es un acto de unión y responsabilidad. En una democracia cansada de la improvisación, ese paso —el que nadie quería dar— merece ser reconocido.
Gobernar un país como Colombia nunca será fácil. Por eso vale la pena reconocer el liderazgo y el propósito que encarna la Gran Consulta.
