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Tenía 25 años. Era estudiante de Ciencia Política. Era periodista. Y estaba haciendo algo que, en Colombia, sigue exigiendo una valentía inmensa: ir al territorio, preguntar, escuchar y contar.
Mateo Pérez Rueda desapareció mientras hacía reportería en Briceño, Antioquia, donde documentaba los enfrentamientos entre el Ejército y las disidencias de las Farc. Su asesinato confirmó lo peor: fue retenido, torturado y asesinado mientras ejercía el periodismo.
Hay dimensiones profundamente dolorosas en esta historia: la juventud de Mateo, la brutalidad de su muerte y la realidad de un país donde ejercer el periodismo sigue siendo una actividad de riesgo. En Colombia, buscar la verdad continúa siendo peligroso.
Y eso es justamente lo que Mateo estaba haciendo: ejercer una de las labores más valientes y difíciles de este país, el periodismo.
Mateo no estaba en la comodidad de un escritorio. Estaba en el territorio, intentando entender de primera mano lo que estaba ocurriendo. Y hacerlo en zonas donde persisten actores armados, donde el miedo condiciona la vida cotidiana y donde informar puede poner en riesgo la integridad de quien investiga —e incluso la de su familia— es una muestra clara de lo que implica ejercer el periodismo en Colombia.
Hechos como este envían un mensaje devastador: alejan a jóvenes periodistas de los territorios, desincentivan la reportería de campo y debilitan la posibilidad de conocer realidades que muchas veces solo pueden contarse desde adentro.
Buena parte de lo que el país ha sabido sobre corrupción, violencia, abusos de poder o conflicto armado ha sido posible gracias a periodistas que decidieron investigar, preguntar y verificar, incluso en contextos adversos.
Lo más preocupante de historias como esta, es la facilidad con la que corremos el riesgo de normalizarlas: un periodista amenazado, un periodista asesinado, una familia destruida. Y el país sigue.
No podemos permitir que esto se convierta en parte del paisaje nacional. Proteger a quienes hacen periodismo no es solo una garantía para un oficio; es una obligación democrática.
Cuando en Colombia asesinan a un periodista, no solo se pierde una vida. También se pierde información, contexto y una posibilidad de entender mejor lo que ocurre en el país.
Mateo representa a esa juventud que decide comprometerse con entender el país, incluso en sus territorios más difíciles, y a un periodismo territorial que, aunque muchas veces pasa desapercibido, resulta fundamental para la democracia y para el derecho de los ciudadanos a estar informados.
La muerte de Mateo Pérez es una pérdida para el periodismo, para la juventud y para Colombia.
Hoy me solidarizo con su familia, con quienes enfrentan un dolor inmenso e irreparable, y expreso mi reconocimiento por la labor que Mateo decidió ejercer con convicción y valentía.
Morir a los 25 años, en medio de circunstancias tan violentas y mientras se ejerce aquello en lo que se cree, es una tragedia que debería conmovernos e incomodarnos como sociedad.
Honrar a Mateo no puede limitarse al duelo. Honrar a Mateo exige pensar en las garantías para los jóvenes que hoy deciden hacer periodismo, en la protección de quienes siguen informando desde los territorios y en la defensa de un oficio esencial para la democracia.
En Colombia, buscar la verdad no debería costar la vida.
