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Nos equivocamos sobre por qué la gente no se interesa por la política

Gabriela Alonso Jaramillo

27 de abril de 2026 - 12:00 a. m.

En un país como Colombia, no sorprende que a la gran mayoría de las personas no les interese la política. Hay razones evidentes para pensarlo: la corrupción, la desconfianza en las instituciones, la polarización y el tono cada vez más violento del debate público. Sin embargo, si nos quedamos solo con esas explicaciones, nos estamos quedando cortos en el diagnóstico.

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Hay un factor que se ha vuelto imposible de ignorar: la desinformación. Vivimos en un entorno donde abunda la información, pero también la desinformación. Y, en medio de ambas, lo que termina dominando es el ruido. Informarse no se ha vuelto necesariamente más fácil; por el contrario, se ha vuelto cada vez más complejo.

Hoy, una persona abre sus redes sociales y se encuentra con una mezcla constante de titulares, opiniones, fragmentos de discursos, memes, datos sin contexto y contenido diseñado para captar su atención en cuestión de segundos.

En ese entorno, donde compiten medios, creadores de contenido y cuentas organizadas, la lógica que termina imponiéndose no es la de la rigurosidad y la veracidad, sino la de la viralidad. Gana lo que más interacciones genera, lo que más números mueve, lo que más rápido circula. Poco a poco, la forma en que entendemos la política se va construyendo a partir de información incompleta.

A esto se suma una consecuencia clave del entorno digital: nuestra capacidad de atención es cada vez más limitada. Como ha explicado César Caballero, gerente de Cifras y Conceptos, vivimos en una economía de la atención donde, paradójicamente, a mayor cantidad de información, menor es nuestra capacidad real de procesarla. Hoy competimos entre decenas de canales —muchos de ellos digitales— por unos segundos de atención cada vez más escasos.

Según sus estimaciones, aunque pasamos entre siete y diez horas consumiendo contenido al día, menos de una cuarta parte de ese tiempo lo hacemos prestando verdadera atención.

Es en ese punto donde emerge una tensión que merece una reflexión más profunda. Por un lado, hay personas que no cuentan con suficiente información para entender lo que está pasando, no porque no quieran, sino porque lo que les llega es insuficiente, fragmentado o directamente incorrecto.

Por otro lado, hay personas que sí están expuestas a grandes cantidades de información, pero en tal volumen y con tal nivel de ruido que terminan tomando otra decisión: desconectarse.

La desinformación en Colombia está jugando un papel silencioso, pero profundamente determinante. No solo distorsiona los hechos: también cansa, abruma y desgasta. Hace que entender parezca una tarea excesiva. Y cuando entender se vuelve demasiado difícil, participar deja de ser una opción atractiva.

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Frente a este panorama, vale la pena hacernos tres preguntas fundamentales: ¿Cómo pensamos como generación si nos informamos con desinformación? ¿Cómo construimos criterio si lo que consumimos es información incompleta? ¿Cómo tomamos decisiones políticas que realmente aporten a un mejor país si estamos expuestos, de forma permanente, al ruido?

El problema al que nos enfrentamos hoy no es, necesariamente, que a la gente no le interese la política. El problema es que estamos intentando interesarnos en medio de un entorno que dificulta la comprensión.

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Antes de exigir más participación a la ciudadanía, tenemos que preguntarnos por las condiciones en las que esa participación ocurre. La forma en la que nos informamos determina cómo pensamos, cómo participamos y cómo decidimos. Y, con ello, define también la calidad de nuestra democracia.

La desinformación no solo está distorsionando la conversación pública, y mientras no empecemos a tomarnos en serio ese impacto, seguiremos confundiendo apatía con saturación.

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Una ciudadanía mal informada no solo participa menos: también participa peor. En Colombia no podemos permitir que ese costo democrático siga siendo ignorado.

Por Gabriela Alonso Jaramillo

Estudiante de Gobierno y Asuntos Públicos y de Ciencia Política en la Universidad de los Andes. Máster en Comunicación Política del Centro Europeo de Postgrados. Creadora de contenido, reconocida por Cifras & Conceptos como líder nativa digital y ganadora del Youth Leadership Award de los Napolitan Victory Awards.
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