Reducir la izquierda colombiana a Gustavo Petro no solo es un error, sino una injusticia con su propia historia.
Petro ha sido, durante años, un símbolo importante de las luchas de la izquierda: representó la transición de la izquierda armada a la política institucional, enfrentó la parapolítica desde el Congreso y llegó a la Alcaldía de Bogotá con una agenda de inclusión social. Eso es indiscutible. Lo verdaderamente delicado es si hoy, desde la Presidencia de la República, sigue representando a la izquierda o si, por el contrario, la perjudica.
Gobernar exige más que convicción ideológica: requiere responsabilidad, templanza y decisiones pensadas para todo el país, no solo para quienes votaron por uno. La presidencia de Petro ha demostrado que esas condiciones no están garantizadas. No se trata de un error aislado, sino de un patrón en su forma de ejercer el poder.
En los últimos días, ante la amenaza de una eventual intervención militar por parte de Estados Unidos, Petro no ha estado a la altura del cargo. La defensa de la soberanía nacional quedó relegada mientras evitaba pronunciarse con claridad sobre el régimen de Nicolás Maduro y, al mismo tiempo, insistía en compararse con un jaguar (incluso sugiriendo erigir una estatua que lo represente). En un país atravesado por crisis profundas en salud, seguridad y educación, optó por la metáfora y el relato personal antes que por la gestión concreta. No es solo desconexión con la realidad, sino egocentrismo en el ejercicio del poder.
Petro respondió más como activista que como presidente. Convocar a las calles, apelar al discurso emocional y postergar los canales diplomáticos fue un error. La diplomacia, la Cancillería y el cuerpo de embajadores existen para estos escenarios. Que finalmente optara por una llamada directa fue correcto, pero tardío: era su obligación desde el inicio.
A esto se suma un problema aún más grave: mentir se ha vuelto una conducta habitual en la presidencia de Gustavo Petro. Según La Silla Vacía, Petro es el personaje con más afirmaciones falsas verificadas por su “Detector de Mentiras” en 2025. No se trata de errores aislados, sino de una práctica reiterada: difusión de contenidos falsos y narrativas engañosas. La mentira se volvió constante.
Ninguna ideología —y mucho menos una que históricamente ha reclamado autoridad moral y ha luchado por la verdad en este país— puede permitir que su principal representante normalice la mentira.
Aquí es donde la izquierda debería detenerse y tomar distancia. El problema no es solo Gustavo Petro, sino la lógica que se ha construido a su alrededor: el petrismo. Un movimiento que dejó de ser ideológico para volverse emocional y personalista, que no admite crítica, hace de la victimización su discurso y responde al disenso con ataques o conspiraciones.
La izquierda colombiana es mucho más que el petrismo. Tiene una tradición intelectual sólida, ha dado luchas importantes y ha logrado avances sociales reales. Impulsó el Estado Social de Derecho de la Constitución de 1991, defendió derechos laborales, promovió el reconocimiento de las víctimas y contribuyó a que el conflicto fuera asumido como un problema político, además de llevar la agenda ambiental al centro del debate público. Reducir toda esa historia al petrismo es injusto y políticamente irresponsable.
Seguir defendiéndolo a toda costa no solo daña su imagen; daña a toda la izquierda. La asocia con el delirio, la mentira, la incapacidad y el caos, y le resta credibilidad ante la ciudadanía, especialmente frente a una generación que exige coherencia entre el discurso y la acción.
La izquierda todavía está a tiempo de marcar una distancia clara. Debe proteger sus causas. Una ideología no se mide por la lealtad ciega a un líder, sino por su capacidad de corregirse cuando quienes la encarnan decepcionan y la dañan.
Dar un paso al costado y separarse de Gustavo Petro no es traición: es el acto más responsable, coherente y justo que hoy puede asumir la izquierda colombiana.