Iván Cepeda anunció que ya no impulsará una Asamblea Constituyente.
No le creo. Y sé que no soy la única.
Hasta hace unas semanas, la constituyente era presentada por el petrismo como una herramienta necesaria para superar el supuesto bloqueo institucional del Congreso a las reformas sociales. Fue una apuesta política impulsada por el presidente Gustavo Petro y respaldada públicamente por figuras como Antonio Sanguino, Armando Benedetti y Eduardo Montealegre. No se quedó en discursos: se materializó en un comité promotor, en una campaña de recolección de firmas y en un proyecto que pretendía llegar al Congreso el 20 de julio de 2026.
Ahora, después de perder la primera vuelta presidencial, nos dicen que la constituyente ya no va.
La pregunta es inevitable: ¿qué cambió?
Porque la Constitución es la misma. Las reformas que querían impulsar son las mismas. Los argumentos que utilizaban para justificar la constituyente son los mismos. Lo único que cambió fue el mensaje de las urnas. Iván Cepeda perdió la primera vuelta presidencial.
Por eso resulta difícil creer que hoy se trate simplemente de una propuesta secundaria que puede desaparecer de un día para otro.
No estoy hablando solo de la constituyente. Estoy hablando de un patrón. El 31 de mayo dirigentes del Pacto Histórico pusieron en duda los resultados de la primera vuelta presidencial. Menos de 24 horas después reconocieron que no habían encontrado evidencia de irregularidades. Esas contradicciones hoy les están pasando factura.
La constituyente sí fue una de las principales apuestas políticas del petrismo, por más que hoy intenten reducirla a una idea marginal que nunca tuvo mayor relevancia.
No les creo porque la explicación para abandonarla no parece ser un cambio de convicción, sino una consecuencia del resultado electoral y de la necesidad de atraer sectores políticos que durante meses han expresado su rechazo a esa propuesta.
Ya no es suficiente que prometan algo. Ya no es suficiente que hagan una rueda de prensa. Ya no es suficiente que publiquen un comunicado. Ni siquiera es suficiente que lo escriban en mármol.
En 2018 Gustavo Petro prometió públicamente que no convocaría una constituyente. Lo hizo frente a sectores de centro que le exigían esa garantía para respaldarlo. Lo dejó grabado en mármol.
Años después, su gobierno impulsó exactamente la idea que había prometido no promover.
Por eso hoy el problema ya no es la constituyente. El problema es la credibilidad.
La credibilidad se construye durante años, cuando las palabras coinciden con los hechos. Y precisamente por eso tantos colombianos miramos con desconfianza este cambio de posición.
Le agradezco al candidato Iván Cepeda y a su sector político que hayan decidido abandonar la constituyente. Creo que es una decisión correcta. Pero la rectificación llegó tarde. El daño ya está hecho. No creo que hoy merezcan el beneficio de la duda, porque hace tiempo dejaron de ganárselo.
No sé si Iván Cepeda convocaría una constituyente si llega a la Presidencia. No tengo cómo saberlo. Tampoco sé cuál será la actitud del presidente Gustavo Petro el 21 de junio si el resultado no favorece a su candidato.
Lo que sí sé es que la confianza se construye sobre antecedentes, y los antecedentes recientes no juegan a favor del petrismo. Durante años nos dijeron una cosa y hoy nos dicen otra.
Por eso creo que el debate ya no es sobre la constituyente. El debate es sobre la confianza.
No deberían sorprenderse de que muchos colombianos ya no les creamos. La credibilidad no se perdió esta semana. Tampoco con la constituyente. Se fue erosionando durante años.
El petrismo está recogiendo lo que sembró. Está pagando el costo político de sus propias contradicciones.