Es difícil escribir esta semana. Detrás de cada balance hay historias difíciles de asimilar: Ana María, quien sobrevivió en Cali, pero perdió a sus padres y a sus dos hermanas trillizas; Lenny, quien murió mientras protegía a su perro; y Mateo, un niño que murió por el colapso de su colegio en Quibdó. También están las imágenes de estudiantes evacuando la Universidad Libre de Pereira mientras parte de la edificación se derrumbaba y el miedo de quienes, en una Armenia todavía marcada por el terremoto de 1999, temieron lo peor. Es difícil escribir sobre un dolor que no he padecido y cuya dimensión apenas puedo imaginar.
En medio de tantas imágenes dolorosas, también hemos visto al país entero movilizarse para ayudar. Largas filas de personas han llegado a los centros de acopio con alimentos, agua y elementos de primera necesidad. Algunos han comprado mercados completos; otros han ofrecido su trabajo, sus vehículos, sus hogares o espacios para recibir y organizar las donaciones. La respuesta a la donación de sangre ha sido tan amplia que algunos puntos debieron organizar la llegada de nuevos donantes.
Desde que se conoció la magnitud de la tragedia, universidades, empresas, organizaciones sociales, pequeños emprendimientos, artistas, futbolistas, creadores de contenido y dirigentes de distintas corrientes políticas han trabajado para reunir ayudas, comunicar necesidades y poner sus recursos, capacidades y plataformas al servicio de las personas afectadas. Tanto en las ciudades golpeadas por el terremoto como en regiones alejadas de su epicentro, miles de colombianos se preguntaron cómo podían contribuir.
Esta respuesta contrasta con la manera en que solemos hablar de Colombia. Con frecuencia describimos al país desde sus rasgos más dolorosos: la violencia, la polarización, la corrupción y la desconfianza. Esas realidades persisten, y la solidaridad no corrige las fallas institucionales que han marcado nuestra historia ni las desigualdades que dificultarán la recuperación territorial. Sin embargo, lo ocurrido esta semana demuestra que esa no es la única forma posible de comprendernos como país.
También somos esto: un país capaz de reconocer el dolor de los demás y responder a él como comunidad.
La magnitud de esta respuesta plantea ahora un desafío: mantenerla, coordinarla y lograr que las ayudas lleguen de acuerdo con las necesidades de cada territorio. Durante los primeros días, la atención pública y buena parte de las campañas se han concentrado en Cali, Pereira y Chocó, un énfasis comprensible por la gravedad de las afectaciones. Sin embargo, ese esfuerzo no puede invisibilizar los daños y las necesidades de Armenia, Manizales, Buenaventura y numerosos municipios con menor presencia en la conversación nacional. Los recursos deben dirigirse a partir de evaluaciones rigurosas que permitan establecer dónde y para qué se requieren.
La movilización ciudadana, sin embargo, no puede sustituir la responsabilidad del Estado. Atender la emergencia y conducir la reconstrucción exigirá recursos, tiempo, coordinación institucional y presencia permanente en los territorios. Será necesario recuperar viviendas, colegios, hospitales, vías, servicios públicos y fuentes de empleo, además de acompañar a quienes deberán reconstruir sus vidas. Buena parte de esta tarea recaerá sobre la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, ahora dirigida por David Santiago Tamayo. Además de coordinar la respuesta, deberá recuperar la confianza en una entidad golpeada por el escándalo de corrupción del gobierno anterior y asegurar que sus recursos no vuelvan a convertirse en un botín político. La manera en que se atienda esta crisis marcará los primeros cien días del gobierno de Abelardo de la Espriella, y será una de las primeras pruebas de su capacidad para dirigir el país.
Las tragedias revelan las fragilidades de una sociedad y los vínculos que la sostienen. El 21 de junio, muchos nos acostamos convencidos de que Colombia era un país profundamente dividido. Esta semana comprobamos que esas diferencias no agotan lo que somos ni anulan nuestra capacidad de actuar como comunidad. Que esta no sea únicamente la imagen de Colombia durante la tragedia, sino también la que acompañe su reconstrucción.