Cuando esta columna sea publicada, Colombia ya habrá elegido presidente o estará a las puertas de una segunda vuelta electoral. Escribo estas líneas antes de que los ciudadanos acudamos a las urnas.
Más allá del resultado, esta campaña dejó varias lecciones sobre el país que somos y la democracia que estamos construyendo. Como creadora de contenido recorrí colegios, universidades y espacios de conversación política. Estas son algunas de las tendencias que identifiqué.
La campaña de la inteligencia artificial
Esta fue la campaña más digital de nuestra historia. La inteligencia artificial empezó a desempeñar un papel relevante en la producción y circulación de contenido político, mientras las redes sociales se consolidaban como uno de los principales escenarios de la contienda electoral. A esto se sumó la actividad de bodegas, cuentas coordinadas y estrategias digitales destinadas a amplificar mensajes e instalar narrativas.
Hoy no solo enfrentamos el reto de la desinformación, sino también el desafío de distinguir entre información, opinión, propaganda y contenido manipulado. En una campaña marcada por la inteligencia artificial, los algoritmos y la viralidad, el pensamiento crítico dejó de ser una habilidad deseable y pasó a convertirse en una necesidad democrática.
Las redes sociales están transformando cómo nos informamos y participamos políticamente. Poco a poco dejamos atrás una democracia de partidos para entrar en una democracia de audiencias, donde la atención se convierte en uno de los recursos más valiosos de la política.
La ilusión de estar informados
Durante años nos preocupó la apatía política de los jóvenes. Hoy la realidad es distinta: los jóvenes hablan de política, consumen contenido y tienen opiniones políticas. Sin embargo, esta campaña mostró que el interés por la política no siempre viene acompañado de una comprensión profunda de las propuestas, de las instituciones o del funcionamiento del Estado.
En los colegios y universidades que visité encontré estudiantes interesados en el futuro del país, pero con dificultades para evaluar la viabilidad de algunas propuestas. Con frecuencia, la discusión giraba en torno a consignas de campaña o frases virales, dejando en segundo plano preguntas sobre su viabilidad jurídica, económica o institucional.
La política colombiana sigue enfrentando un reto fundamental: formar ciudadanos capaces de distinguir entre lo deseable y lo posible.
Dar la cara ante los ciudadanos
La ausencia de algunos candidatos en escenarios de confrontación pública fue uno de los temas más debatidos de estas elecciones. Un debate no es un favor que un candidato le hace al país, sino una obligación democrática con los ciudadanos a quienes aspira a gobernar.
Durante esta campaña fue evidente el rechazo ciudadano frente a quienes decidieron no asistir. Una parte importante del electorado esperaba ver a los candidatos confrontar sus ideas y responder a preguntas difíciles.
La molestia ciudadana frente a estas ausencias demuestra que, pese a los cambios tecnológicos y digitales que ha vivido la política, los debates siguen ocupando un lugar fundamental en la democracia.
La batalla por las emociones
Esta campaña volvió a demostrar que las emociones siguen siendo una de las fuerzas más poderosas de la política. Los candidatos que lograron conectar con las preocupaciones de los ciudadanos y despertar emociones intensas tuvieron una ventaja evidente dentro de la conversación pública.
Esta elección también mostró que los matices tienen cada vez menos espacio en una discusión dominada por las redes sociales. La política seguirá necesitando propuestas y argumentos, pero esta campaña recordó que las elecciones también se ganan —y se pierden— en el terreno emocional.
No sé quién habrá ganado cuando esta columna sea publicada. Lo que sí sé es que estas elecciones dejaron en evidencia desafíos que persistirán durante los próximos años. El impacto de la inteligencia artificial en la comunicación política, la dificultad para distinguir entre información y propaganda, la necesidad de fortalecer la formación ciudadana y la importancia de los espacios de deliberación pública seguirán moldeando nuestra democracia.
La pregunta es si nuestras instituciones, nuestros medios de comunicación y nuestro sistema educativo están preparados para responder a esa nueva realidad democrática.