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Hipopótamos invasores. El asunto es ético

Germán I. Andrade

19 de abril de 2026 - 12:06 a. m.
“El caso de los hipopótamos es, en realidad, un síntoma de discusiones incompletas, sesgadas o manipulables”: Germán I. Andrade.
Foto: David Campuzano
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La decisión del Ministerio de Ambiente de avanzar en el plan de manejo de los hipopótamos, incluyendo la traslocación, esterilización y eutanasia como medidas de control, llega tarde, pero en un momento en que la inacción o el aplazamiento ya no son opción. Con base en un estudio científico del Instituto Humboldt y el Instituto de Ciencias Naturales, que resulta además ejemplar en su género, hoy la acción aparece en el horizonte. Durante años, en este caso, el país ha estado atrapado en debates que han terminado por aplazar lo que hoy resulta inevitable: controlar una población en expansión, con efectos acumulativos graves sobre ecosistemas y territorios. Más individuos, mayor dispersión, posible aparición de subpoblaciones y un problema cada vez más difícil —y costoso— de manejar.

En este contexto, es legítimo y necesario introducir en la discusión una dimensión ética, porque no está en juego simplemente la aplicación de la ciencia, y la ciencia tampoco está exenta de dimensiones éticas. Para ello, es preciso reconocer que no existe un único dictamen ético categórico que resultaría traicionado al aplicar la eutanasia prescrita: hay varias vertientes éticas en tensión.

La visión de Peter Singer, ilustre filósofo y considerado uno de los fundadores principales del animalismo contemporáneo, es fundamental y se podría traer al caso a través de esta frase: “Si está en nuestro poder evitar que ocurra algo malo, sin sacrificar nada de importancia moral comparable, moralmente debemos hacerlo”. Es decir, decisiones que parecen incompatibles con la defensa animal —como el control letal en ciertos contextos— podrían resultar moralmente justificables —o necesarias, al considerar éticamente las consecuencias de la inacción—. Si el asunto central es evitar el sufrimiento animal, no se puede desconocer la cadena de sufrimientos animales concatenados, en los cuales participa la misma naturaleza; y que resultan afirmados o negados según se escoja una perspectiva ética sesgada o una integral. La incomodidad que esto produce no es un error del argumento, sino su núcleo: asumir que con posturas éticas en algunos dilemas no hay soluciones sin costo.

La respuesta de fondo estaría en una ética que llamaríamos ecocéntrica. En la “Ética de la tierra” , de Aldo Leopold, el juicio sobre el buen actuar se refleja en la comunidad de seres vivos en su conjunto, o como diríamos hoy en la salud de los ecosistemas, de los cuales el ser humano hace parte. En los aspectos sociales, que también hacen parte de la tensión ética, el cambio en los ecosistemas que reciben la invasión biológica y el riesgo directo de ataque de un animal agresivo por naturaleza, es lo más preocupante. Bajo una ética ecocéntrica la inacción frente a una especie invasora —con impactos previsibles sobre hábitats, especies nativas y actividades humanas— es la opción más cuestionable. La dimensión ética del cuidador de la naturaleza en este caso se refiere directamente a su capacidad de establecer un juicio de compromiso, cuando es mucho lo que está en juego. Es parte del “animalismo responsable” al que me referí en una pasada columna en este diario. No es pues adecuado escoger argumentos éticos que se caracterizan no solo por lo que afirman, que podría ser incuestionable, sino por lo que no tienen en cuenta, que resulta negado, y que en una perspectiva ética más integral es inaceptable.

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El caso de los hipopótamos es, en realidad, un síntoma de discusiones incompletas, sesgadas o manipulables, como el caso de la pesca deportiva o del pez basa. Y sobre todo de cómo se expande en las redes sociales la indignación, el análisis insuficiente, afectando negativamente las decisiones necesarias. Porque, al final, el mayor riesgo ético no es tomar una decisión difícil, sino persistir en la ilusión de que es válido no actuar, o aplazar riesgosamente la decisión. Así las cosas, el asunto más nefasto en este debate no ha sido la negación de la ética, sino la apología en la práctica de una “ética a la carta” que al final con certeza aumentaría el sufrimiento animal y humano.

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