El pasado 8 de febrero fue aprobada en la plenaria 12 de la IPBES en Manchester la evaluación Negocios y Biodiversidad de la Plataforma Científico Política de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos IPBES, por sus siglas en inglés. En este proceso, el Instituto Humboldt ha jugado un rol primordial. Es un producto que marca un hito para orientar y acompañar transformaciones hacia una sostenibilidad que asuma la recuperación de la vida en todas sus formas. Esto es una biosostenibilidad. Es, además, un antídoto contra la mala o insuficiente manipulación, conocida como el lavado verde (greenwash). ¿Qué se requiere para acelerar este cambio transformativo?
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El primer punto es reconocer que la biodiversidad está en crisis. Del declive y pérdida de especies y ecosistemas, el mundo transita hacia un escenario de extinción masiva. La expansión de la economía como causa de pérdida de biodiversidad hace parte de referencias científicas de este documento. No será pues lo mismo para las empresas actuar en tiempos de relativa normalidad (cada vez más escasos) o enfrentar el reto en medio de una urgencia. La dependencia entre biodiversidad y negocios es hoy crítica. Para una adecuada respuesta hay que partir de entender qué es lo que está en juego en los espacios de influencia en que operan las empresas. No es un asunto más en la lista de temas ambientales. Biodiversidad es un término que escapó de la ciencia (la diversidad biológica) hacia lo político, e incluye los componentes de la naturaleza silvestre y modificada por el ser humano, los procesos que sostienen la vida y el bienestar, y las múltiples formas de valorarla. También está en el centro de muchos de los conflictos socio ambientales. El papel de las empresas para actuar en medio de esta crisis que tiene muchas aristas es, pues, crucial.
El segundo gran paso para las empresas es conocer sus dependencias frente a la biodiversidad, que pueden ser en forma de insumos, espacios, condiciones ambientales, funciones y valores sociales. No se trata solo de la dependencia material obvia en los recursos naturales o los servicios ambientales. En un mundo complejamente interconectado, no hay actividad empresarial lejana de la naturaleza. La pérdida de biodiversidad emerge como un riesgo global para la economía, que debe ser develado en cada situación específica.
La evaluación global reconoce que se sabe más sobre los impactos que sobre las dependencias. Sin embargo, en muchos casos los impactos son solo los que se definen en la ley, lo cual resulta insuficiente. Muchos pasan desapercibidos en los sectores no regulados, otros se van acumulando y solo aparecen más allá de los umbrales de cambio indeseado. La voz está en la naturaleza, que hay que aprender a leer, y en la sociedad, que hay que escuchar. El balance de impactos en aumento y dependencias en riesgo está por hacerse, y las cifras negativas no afectan todavía la contabilidad de las empresas.
Reconocer pasa por conocer. Considerar impactos y dependencias en el ámbito directo de los negocios y en las cadenas de suministro resulta de una enorme complejidad, tarea que difícilmente solo se lograría a través de las consultorías puntuales. Se requieren nuevas alianzas entre comunidades de conocimiento, academia, institutos, centros de pensamiento y empresas para revertir una relación negativa ampliamente documentada. Resulta ejemplar la tarea que en este punto adelanta el Centro del Agua y la Biodiversidad de la ANDI. Se trata de la construcción conjunta de nuevos conocimientos desde la práctica. Los conocimientos tradicionales y la ciencia ciudadana son, además, oportunidades para construir licencia social. El reto de fondo es la transformación de la actividad empresarial, que todavía mayoritariamente genera impactos severos, en un nuevo escenario en el cual la biodiversidad se aloje en el corazón de los negocios. Hoy, menos del 1 % de las empresas reportan sus impactos sobre la biodiversidad. Y algunas que lo hacen carecen de estándares y no hay suficiente rendición de cuentas. Develar la relación entre dependencias e impactos en contextos específicos marcará el futuro de esta tensa relación.
El punto central es el llamado a cambiar de rumbo hacia lo que hoy se llama “naturaleza positiva”, tema estratégico que llegó para quedarse. Ya hay señales desde los consumidores y en la regulación. La construcción de estándares de gestión en contextos territoriales y sectoriales concretos le dará valor de trazabilidad a los sellos y certificaciones. Los datos solos no hablarán; se requieren nuevos relatos de cómo las empresas logran navegar un cambio de rumbo.
La respuesta positiva que propende este informe está principalmente del lado de las empresas. Pero el reto incluye la creación de condiciones que lo permitan en las políticas públicas que frente a la biodiversidad todavía carecen de suficiencia y coherencia. En este punto, la brecha es enorme. Hoy, la gestión de la biodiversidad equivale solo al 3 % de los recursos que se movilizan hacia las actividades productivas que la impactan.
Todo lo anterior sólo podrá avanzar en un nuevo contexto político, que supere el pasado culposo y permita afianzar alianzas legítimas entre lo público y privado, para prevenir y compensar la pérdida de la biodiversidad. La narrativa de Colombia como un país megadiverso y bello por naturaleza debe abrir urgentemente el paso a la gerencia de la biodiversidad en las empresas y gremios, eficientemente alineados con el sector público. Para ello el informe de la IPBES, que Colombia aprobó el pasado 8 de febrero, podría ser un referente.