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Aprender a leernos

15 de septiembre de 2026 - 12:05 a. m.

Según los resultados de las pruebas PISA, en Colombia la comprensión de lectura cayó 10 puntos respecto al año anterior y estamos 62 puntos por debajo del promedio de los 38 países de la OCDE. Menos de la mitad de nuestros adolescentes es capaz de identificar la esencia y el sentido de un texto.

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Tanto o más grave que esto es que nuestros más recientes presidentes, incluido el actual, no han sabido leer el país que se arriesgaron a gobernar. ¿Cómo puede alguien liderar lo que no entiende? Veo la empatía como la comprensión emocional hacia el otro, y eso parte de conocer y reconocer a ese “otro” que, en este caso, se llama país. Para acertar en la toma de decisiones hay que interiorizar la información y, sobre todo, a la gente; leer el libro humano, las palabras que respiran, los relatos que para sobrevivir aprendieron a sembrar árboles, a esquivar las balas y a enamorarse. Ese debería ser el primer mandamiento de un gobernante.

Una de las muchas cosas que me preocupan del presidente De la Espriella es que no importa si está en Barranquilla o en la Casa de Nariño, cuántos balones regale en medio de la devastación, o qué tanta pleitesía le rinda a sus connacionales del norte, parecería que no le ha ido bien leyendo el país que recibió. Antes de ser presidente leyó los textos que le permitieron tener un lucrativo bufete, pero ha tenido problemas para leer el alma de medio país que repudia que la máxima autoridad del Estado se enorgullezca de niños y jóvenes muertos por bombardeos de la fuerza pública. No le ha ido bien leyendo el origen, perfil y diferencias de los grupos alzados en armas, quiénes cumplieron y quiénes no. Seguramente si hubiera leído con mayor atención y menos prevención la inmensa apuesta por la paz que hicieron los 99 desmovilizados de Comandos de Frontera, no habría dispuesto para el 30 de septiembre el cierre de la única zona que tenían para hacer el tránsito a la vida civil. Lo mejor habría sido no echarlos a la nada, cumplirles y convertir este desarme colectivo en el primer triunfo del actual gobierno en términos de una justicia de sometimiento. Capitalizar que ya están ahí, y el gobierno podría culminar con éxito lo que nosotros empezamos y no alcanzamos a terminar y, sin disparar un tiro, quitarle al conflicto un número progresivo de combatientes. Cada excombatiente desarmado es vida para las regiones donde la guerra no es un titular, sino una herida abierta en la casa y en el cuerpo.

Invito al equipo de gobierno a leer mejor a Colombia. A empaparse de su esperanza y no de su sangre; a desprenderse de los discursos de odio que ya nos dejaron suficientemente rotos. Los invito a no medir el éxito por el número de cadáveres logrados, sino de muertes evitadas; que el triunfo de la tierra se cuente en hectáreas de caña y no en parcelas envenenadas desde el aire, y que un Kfir supersónico nunca les dé más orgullo que una escuela rural.

El expresidente Petro leyó bien a los más vulnerables y logró que 3’800.000 colombianos salieran de la pobreza, pero no aprendió a leer al sector privado, a los empresarios, a las capitales. Ahora, víctimas del péndulo de los extremos, ciertas élites están de luna de miel con ADLE (creo que la “entrega total” no les durará mucho), y la Colombia que no va a permitir que atropellen los derechos adquiridos y la dignidad de vivos y muertos, está –estamos– en alerta.

La violencia lleva 500 años escribiendo el libreto nacional y la lectura oficial se ha rajado desde siempre. Aprendamos a leernos completos, con humildad y humanidad, como si de verdad, sin miedo ni aspavientos, nos importáramos los unos a los otros.

Gloria.arias2404@gmail.com

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