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Hace mil años, cuando yo tenía siete, llegó la hora de “preparar a la niña para la primera comunión”, y alguien de la familia sugirió que el mejor lugar sería una sede que tenía el Opus Dei por los lados del Parque Nacional. Dos veces por semana me llevaban a una residencia inglesa (léase “la casa del terror”) a recibir de unas pseudo-monjas españolas, para quienes todo era pecado, mi formación religiosa. Yo había pasado el 99 % de mi vida rodeada de ideas liberales, ternura, arte, cultura, amplitud de pensamiento y defensa de la dignidad humana. Entre la “disciplina de confianza” de mi abuelo, la filosofía del cariño de mi mamá, y la visión ejecutiva y solidaria de mi papá, esa casa del Opus Dei representaba la antítesis de lo que yo había sentido y aprendido, y de todo aquello que yo amaba y defendía desde mi joven convicción libertaria.
Ahí, en esa casona donde las ventanas estaban aseguradas con llave y cerrojos; ahí, subiendo una escalera que crujía a cada paso que daba, no aprendí historia sagrada, pero descubrí la claustrofobia y empecé a tejer rebeldía como antídoto contra la sumisión que se cocinaba entre esos muros de ladrillo. Dos años después, entré a mi colegio del eucalipto, donde rezábamos al aire libre la oración de San Francisco de Asís; y con esa oración y amparada por el árbol más lindo del mundo, conocí la cara dulce y conciliadora del Dios que me acompaña desde entonces.
En las últimas semanas, he vuelto a sentir algo semejante a lo que sufrí en ese horrible rincón medieval del Parque Nacional, pero esta vez en versión amplificada: la angustia de estar en una habitación (en este caso un mundo) en el que un loco dogmático tiene el candado y la llave, y el resto de la humanidad no puede moverse sino a donde el dueño del miedo universal da permiso. La habitación (el planeta) del oscurantismo, de la exclusión, de la defensa de los genocidas, va a asfixiarnos como humanidad, si no encontramos mecanismos para blindarnos interna, externa y pacíficamente contra el oprobio y la tiranía. No podemos entregarnos en bandeja de infamia al mandamás de turno, como si el recorrido de los siglos hubiera sido en vano.
Los bombardeos sobre las lanchas en el Caribe y en el Pacífico, el cierre de espacios aéreos al antojo del emperador, las alertas que proclama la Administración Federal de Aviación de Estados Unidos sobre una situación “potencialmente peligrosa” –para quienes osen sobrevolar la región mexicana del golfo de California, Mazatlán, Centroamérica, Panamá, Bogotá y la región Pacífica de Colombia y Ecuador– me recuerdan esas ventanas con reja y cerrojo.
En aras de frenar el monstruo del mal (o de robarse la riqueza del otro) el poderoso de turno amenaza a su antojo, bloquea, encarcela, dispara, invade países, chantajea y destruye todo aquello que no aplauda sus manías.
Tragedias como las de Gaza, Ucrania, Irán o Siria son el reflejo de expresiones dictatoriales que avanzan aplastando a la humanidad, mientras una diplomacia que demasiadas veces camina como las tortugas, permite que la voracidad armada galope y se trague directa o indirectamente la libertad de los pueblos y la vida de la gente.
Punto aparte. Mi total respaldo a la abogada y periodista Ana Bejarano, ante las presiones y acoso de índole judicial que ha sufrido en estos días. Ana es una de las mujeres más serias, documentadas y valientes en este oficio de escribir columnas de opinión, y no será el candidato hampón –el de “la ética no tiene nada que ver con el derecho”– quien haga que Ana cambie una sola de sus letras escritas con integridad y rigor. Bien por la FLIP y su rechazo a la descarada intimidación.
