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Pazaporte

El helicóptero azul

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Gloria Arias Nieto
23 de junio de 2026 - 05:05 a. m.
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Pertenezco a una generación y a una profesión en las que el sobrevuelo de un helicóptero anunciaba la llegada de los heridos de guerra, y sonaba como el eco de metrallas, granadas y fusiles.

Pero el 17 y el 18 de junio, en los cielos del Putumayo, el vuelo del HK azul sonó a lo que suena la paz.

99 hombres y mujeres de Comandos de la Frontera –grupo que forma parte de la Coordinadora Nacional Ejército Bolivariano– aterrizaron en el Valle del Guamuez, uniformados con su guerrera de combate y con la decisión de dejar las armas, pasar las páginas de la violencia y llenar sus cuadernos nuevos con palabras de paz.

Tienen entre 18 y 64 años, y llegaron con su dotación de guerra, fuertemente armados, los morrales con lo indispensable, chinchorros que durante cientos de noches convirtieron la selva en hogar, cantimploras, mosquiteros, un perro rubio llamado Negro, y Toto, un mico de ojos grandes.

¿Cómo llegamos aquí? En junio del 2024 se instaló nuestra mesa de diálogos de paz, y un trabajo intenso y lleno de dificultades, de convicción y esperanza, nos permitió construir y reconstruir la confianza y acordar el desescalamiento gradual del conflicto. Dos años después, estos 99 hombres y mujeres de Comandos de la Frontera tomaron la decisión más valiente de sus vidas (en este país de paradojas hay que tener valor para elegir la paz) y entraron sin armas y sin uniformes a la Zona de Ubicación Temporal y Capacitación Integral del Valle del Guamuez. Ese día, entre aplausos y voces de bienvenida iniciaron su tránsito a la vida civil, a sus derechos y deberes ciudadanos.

Recibieron la última orden de su comandante y, uno a uno –frente a líderes sociales, indígenas y periodistas, a nuestro equipo de la oficina del Comisionado de Paz, representantes de la conferencia episcopal, de la fuerza pública y de la MAPP-OEA, y las delegaciones del gobierno y de la Coordinadora Nacional EB– los excombatientes dejaron sus instrumentos de guerra… 84 fusiles, 14 pistolas, una ametralladora y dos subametralladoras, morteros, lanzagranadas, proveedores y más de 24.000 municiones. Desde el jueves, 105 armas ilegales se encuentran bajo custodia del Estado colombiano, serán destruidas y no causarán más daño.

Quienes ejercieron el triste oficio de la guerra, y asumieron con expectativa y compromiso el desafío de apartarse de ella, son ahora responsabilidad del Estado colombiano: le compete al gobierno actual, y a quien asume la presidencia el 7 de agosto, garantizarles la vida; una vida digna, en la que reciban formación en clave de paz y una capacitación que les permita vincularse a economías lícitas, y ser arte y parte de una sociedad que no aguanta más fuego cruzado. Ellas y ellos ya dieron el primer paso; a nosotros nos corresponde cumplirles.

Sí… se siente una emoción que no cabe en ninguna palabra conocida; y gratitud por abrazar este momento y poder contarle a Colombia que este pedacito de paz se hizo posible. Armando Novoa, jefe de nuestra delegación, verdadero amigo y cómplice por la vida, nos enseñó a persistir contra viento y marea, a tener humildad y fortaleza, y a ser capaces de encontrar –siempre– una gota de luz que nos rescate de la oscuridad, de las inercias burocráticas y de los escepticismos ajenos.

Armando lo dijo desde el principio: a esta historia no llegamos para derrotar a nadie sino para construir juntos un país libre de violencias; y esa es nuestra bandera.

En estos dos años de días y noches en las selvas del Putumayo y resguardos indígenas de Nariño, las delegaciones aprendimos a reconocernos con el corazón desarmado, no como enemigos sino como colombianos. De eso se trata la paz… de reconocer la humanidad del otro.

Gloria.arias2404@gmail.com

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