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Durante la campaña y desde el 7 de agosto, el presidente De la Espriella ha dejado clara su posición frente a los diálogos de paz y ha obrado en consecuencia. Podemos sentir dolor y preocupación, pero no sorpresa.
Miles de colombianos afirman como veredicto de coctel que la paz fracasó; pero no le han preguntado a campesinos y a soldados rasos, a madres e hijos que no cayeron en medio del fuego cruzado, por qué nos pidieron una y cien veces que no nos levantáramos de las mesas. ¿Por qué su insistencia en que siguiéramos? Porque ellos, los sabios de la tierra y no los eruditos de inteligencia artificial son quienes agradecen cada vida salvada y sufren en orfandad propia la guerra que se aplaude en algunos círculos de poder.
Es innegable que la administración anterior estuvo muy lejos de cumplir sus promesas de erradicar la violencia: el ELN no desapareció en los tres meses anunciados ni en los cuatro años de gobierno; al acuerdo de paz del 2016 le seguimos debiendo buena parte de lo pactado, y de las diez mesas de diálogo instaladas con distintos grupos armados, pocas dieron resultados concretos.
Además, comprendo la decepción de muchos de los electores que llevamos a Gustavo Petro a la Casa de Nariño. Es preciso reconocerlo: un presidente demasiadas veces caótico y un centro sin pies ni cabeza cimentaron el triunfo de la derecha radical.
Lo que no puedo aceptar -porque viví desde adentro lo que pasa en las comunidades mientras las ciudades pontifican- es que se desconozca el efecto positivo de las mesas de diálogo en Nariño y Putumayo: disminución del 50 % en las tasas de homicidios, vinculación de 13.000 familias a los programas de sustitución de cultivos, acciones de desminado humanitario, búsqueda y hallazgo de personas dadas por desaparecidas, respeto de la vida de líderes sociales, firmantes de paz, militares y policías.
En la resolución 346 que da por terminada la mesa de diálogos con la Coordinadora Nacional Ejército Bolivariano (CNEB), se afirma que la decisión se toma porque “se ha evidenciado la ausencia de voluntad de paz” de dicho grupo armado.
No quiero faltarle al respeto a nadie, pero esa afirmación no dice la verdad. La CNEB demostró voluntad y decisión de paz. Los 16 acuerdos firmados en presencia de países garantes, entidades acompañantes y observadores militares fueron cumplidos por la Coordinadora. Quienes tenían órdenes de captura suspendidas en virtud de su condición de negociadores, incluido Andrés Rojas (capturado el 12 de febrero del 2025 en un ciclo de negociaciones y hoy con extradición autorizada) honraron los compromisos hechos en la mesa.
En la Zona de Ubicación Temporal del Valle del Guamuez, 99 ex combatientes de Comandos de Frontera acataron la última orden de su comandante en jefe, dejaron las armas y se desvincularon del grupo ilegal. Cambiaron uniformes por camisetas blancas y municiones por pinceles; la hostilidad, por la esperanza; la selva clandestina, por el reencuentro con sus familias. Cambiaron la guerra, por la vida.
Esos son actos de valor y de paz. Nos dieron su historia y su fusil. Nos entregaron su pasado para tener derecho a un futuro.
El presidente tenía la potestad de terminar las mesas, y así lo hizo. Ya no como delegada (los tres negociadores renunciamos a partir del 6 de agosto) sino simplemente como una mujer que ve en la violencia legal o ilegal la peor de las opciones, le pido encarecidamente al gobierno tener presente que la CNEB cumplió lo prometido, y que desde hace 75 días la vida y reincorporación a la sociedad civil de 13 mujeres y 86 hombres desmovilizados, está en manos del Estado colombiano.
