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La Cristiada fue una guerra política, social y religiosa; comenzó hace exactamente 100 años, duró tres y dejó en México más de 250.000 muertos.
Su víctima más emblemática fue un joven de 14 años quien poco antes de ser ejecutado por el Estado, gritó “Viva Cristo Rey”. La frase fue adoptada como consigna de este levantamiento armado iniciado por campesinos, y al que pronto se sumaron militares y jerarcas de la iglesia católica en rebelión contra Plutarco Elías Calle, el presidente que pretendió implementar uno de los grandes logros de la revolución mexicana y de la Constitución de 1917: que México fuera un país laico en el que iglesia y sacerdotes vieran reducido su poder, y disminuyera la influencia que el catolicismo y los curas ejercían sobre el pueblo mexicano.
Cuando los campanarios se quedaron en silencio y desaparecieron las procesiones y los bautizos, los pobladores de algunos estados como Jalisco, Michoacán, Guanajuato y Zacatecas se alzaron contra el presidente anticlerical. La guerra de los Cristeros terminó en 1929, con la ayuda del embajador de los Estados Unidos.
No tengo ninguna evidencia de posibles afinidades del presidente De La Espriella con este capítulo mexicano. Simplemente traigo la historia porque desde el primer discurso que le oí -en el que cerró su intervención con “Firmes por la Patria” y “Viva Cristo Rey”- sentí el principio del fin de nuestro estado laico, y quise averiguar algo más sobre el origen de la consigna.
Respeto profundamente la espiritualidad, soy creyente y defiendo el derecho de todos a tener un ser superior en quién creer y a quién agradecer. Otra cosa es que un presidente convierta la religión en herramienta demagógica.
Constitucionalmente el jefe de Estado debe gobernar para todos los colombianos (sin importar si son católicos, musulmanes, agnósticos o lo que a bien tengan), y por eso resultó tan invasivo para muchos que en la ceremonia de posesión se incluyera la consagración a la Virgen, un Aleluya (es precioso, pero ¿por qué ahí? ¿por qué en acento costeño agringado?) y la intervención de un rabino que terminó su discurso diciendo “¡Viva Colombia, viva Israel!”.
Lástima que en ese mismo auditorio, al que no invitaron a dos expresidentes colombianos -uno de ellos premio Nobel de Paz-, nadie hubiera alzado la voz por los 21.000 niños asesinados por el régimen de Netanyahu en Gaza, los 50.000 niños heridos por el genocida, o los 450 bebés palestinos nacidos y muertos desde el 2023.
En fin. No quiero ser apocalíptica, y procuro no participar de la compraventa de catástrofes anticipadas. Pero seamos sinceros: esto no empezó bien. No empezó bien desde las amenazas contra la plaga de la izquierda, los portazos a los procesos de paz y la defensa de la cadena perpetua; la devoción por Milei, Trump y Bukele; las mega cárceles, la fumigación como política antidrogas y el regreso de las telarañas a los pupitres y a los escenarios, y así, un largo etcétera.
Acabo de leer El espíritu de la esperanza del filósofo coreano Byung-Chul Han. “Quien tiene esperanza cuenta con que haya posibilidades contra toda probabilidad”. Por eso, y porque “el contenido de la esperanza es el profundo convencimiento de que algo tiene sentido (…) y tiende un puente sobre lo intransitable, sobre el abismo”, el libro invita a no desfallecer y plantea que cuando nos aferramos al miedo se cierran las puertas, nos aislamos y nos resignamos tan solo a sobrevivir. La esperanza, en cambio, piensa en futuro y tiene el valor de recomenzar; es un soñar despiertos, una inspiración para actuar. Este libro se respira… oxígeno emocional en tiempos de turbulencia.
