Pasaron ocho minutos y 46 segundos. No puedo respirar, repetía George Floyd —el hombre negro a quien llamaban el gigante amable— mientras la rodilla del policía Derek Chauvin le aplastaba el cuello y la cabeza. Ese 25 de mayo del 2020 Floyd murió en Minneapolis, asfixiado por la brutalidad de un hombre blanco; lo asfixió el racismo, un odio prohibido en las constituciones pero imbricado como una telaraña de chicle en el cerebro y en el alma rota de millones de personas. Por la muerte de Floyd, noticieros y capitolios volvieron a hablar del racismo estructural, del político, del cotidiano, del que agrede gota a gota y en cascada....
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