Democracia es que 20’123.481 hombres y 21’298.492 mujeres podamos votar en las elecciones del próximo 21 de junio. Responsabilidad es que, antes de llegar a las urnas, tomemos aire, hagamos un sereno ejercicio de raciocinio y la decisión que tomemos no esté llena de piedras sino de argumentos.
Luego de cuatro años de aciertos y desaciertos de un gobierno progresista, quienes seguimos empeñados en un mandato por la vida tenemos la posibilidad (¿el deber?) de rescatar lo rescatable, pasar la página de los señalamientos y los estigmas –generalmente innecesarios y muchas veces injustos–, reconocer los errores y ser coherentes con el estilo de sociedad, de valores y libertades, deberes, derechos, naturaleza y desarrollo que deseamos para nosotros y para el futuro.
Ad portas de las elecciones no creo que valga la pena insistirle a más de 41 millones de colombianos sobre el horrendo peligro que representa el abogado De La Espriella; las evidencias están al alcance de todos, y quienes se empeñan en no verlas no es porque estén ocultas, sino porque decidieron que para ellos eran un mal menor con el que podrían convivir. Contra esos sofismas rayados, no voy a luchar, y como a diferencia del candidato felino lo mío no es destripar física, moral o intelectualmente a quien piense distinto, respeto la libertad de cada elector.
Quienes elijan votar por De La Espriella háganlo porque –así a muchos nos parezca incomprensible–, se identifican con lo que él encarna. Solo les pido que el voto no lo definan los algoritmos de miedos inducidos, furia o decepción por lo que se haya dicho o vulnerado durante los últimos cuatro años. Hay un pequeño detalle que vale la pena recalcar: Iván no es Petro.
Sería injusto y bastante suicida de cara al porvenir y a la democracia, castigar a Iván Cepeda por los errores cometidos por algunos de sus copartidarios, incluido el actual presidente. Iván Cepeda y Gustavo Petro militan en la izquierda, comparten proyecto político y lideran un partido al que no pertenezco. Pero el hecho de tener convergencias políticas no quiere decir que sean siameses en la forma de ser, de interactuar con los demás y de enfrentar dificultades. Iván es esencialmente un ser conciliador, una persona que procura la dignidad para todos y les da un trato digno a afines y a distintos; como buen concertador no insulta ni descalifica a quien no comparte su pensamiento y, lejos de ser excluyente, convoca alrededor del respeto, construye desde y hacia la verdad y moviliza sin mesianismos ni arrogancia. Ni la corrupción ni el maltrato son compatibles con su personalidad y sus principios. No digo que sea imposible que un corrupto llegue a su gobierno; digo que, si entra y lo detecta, no lo perpetuará en el cargo ni lo premiará con ascensos… y si lo traslada, será a los estrados judiciales.
Un tema álgido que pasó factura el 31 de mayo fue el de la nueva constituyente. A los cuatro días de las elecciones, Iván Cepeda se demarcó explícitamente de esa nefasta opción, así como se había separado del señalamiento de fraude en la primera vuelta.
Varias veces protesté por el hermetismo de la campaña, pero por más cercos que intentaron construir a su alrededor, lo cierto es que Iván no está hecho de muros sino de puentes, y desde hace años su actuar político está focalizado en lograr un gran acuerdo nacional. Esa es su impronta y su promesa.
Iván no es un hombre perfecto, ni la panacea para curarnos de todos nuestros infortunios. Es, simple y profundamente, un líder que podrá conducir éticamente a Colombia. Por eso, y porque es la antítesis de la violencia, me siento orgullosa de confiar en él.