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La responsabilidad: arte y deber

Gloria Arias Nieto

07 de abril de 2026 - 12:05 a. m.

Hay muchas definiciones, pero una de las más concretas dice que la responsabilidad se refiere a “la capacidad de una persona para cumplir con sus deberes, asumir las consecuencias de sus actos y actuar de manera consciente y ética”.

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La palabra viene del latín respondere (responder), responsum (respuesta), y responsabilis (que puede o debe responder por algo). Más claro no canta un gallo.

Uno espera que el gerente de una empresa, el rector de un colegio o el presidente de un país asuma las responsabilidades inherentes a su cargo, y que no pretenda desviarlas a sus antecesores o a quienes son o fueron sus subalternos. Contrario a lo que algunos creen, asumir la responsabilidad por lo que se hace, se dice y se omite, es un arte y un deber que demuestra fortaleza, no debilidad. En cambio, es difícil crear gobernanzas cohesionadas, si quien dirige la orquesta pelea hasta con la batuta y, en vez de asumir los errores, les tira a los otros el trapo en llamas.

Errar es de los verbos más humanos que existen y admitirlo en primera persona exige humildad y entereza, capacidad de autocrítica y compromiso por enmendar el error. Exige ser capaz de tejer relaciones a partir de la empatía y la ecuanimidad, con reglas claras y exigencias justas y respetuosas. Quien no tenga esas habilidades ni esté interesado en adquirirlas y desarrollarlas, debería hacer y hacerse el favor de no postularse a ningún cargo de poder. Cualquier colectivo (desde un edificio hasta una nación) en donde los protagonistas se rapan los triunfos y se pelotean las equivocaciones, está condenado al caos; no al caos que tiene una consecuencia intelectualmente disruptiva y creativa, sino al caos que se queda en desorden, marasmo y confusión.

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Intencionalmente hablo de responsabilidad y no de culpa, porque -excepto en el campo jurídico en el que la culpa tiene una connotación y unas implicaciones precisas y establecidas- la culpa tiene un ahogo religioso que me lleva al último año del siglo XVI, cuando fue escrito el Catecismo Astete, ese terrible librito de unas 60 páginas con el que innumerables curas y profesores pretendieron castrar la curiosidad y la comprensión de los niños, y forzar la repetición de preguntas y respuestas que era obligatorio recitar y jamás cuestionar. El obsesivo señalamiento de pecadores y culpables tiene implícita una falsa superioridad moral, tan inútil como pretenciosa; en el otro lado, ejercer con seriedad la responsabilidad, implica integridad y claridad. Mientras la culpa hace aspavientos, la responsabilidad hace lo justo.

Al próximo (o próxima) presidente de Colombia le pido que antes, en y después de su posesión se comprometa a asumir las consecuencias de sus actos y de sus omisiones. Evadir impuestos es ilegal, pero evadir responsabilidades es inmoral. No queremos más shows de dardos envenenados que van y vienen entre los sabios de turno, los de siempre, los improvisados y los paracaidistas. No más petulancias y descalificaciones de izquierda y derecha…es evidente que del fuego cruzado y del maltrato en spray no queda nada bueno. Culpar a los demás de los propios errores será siempre lo más primario y la línea de menor resistencia; pero así no se logran democracias sólidas y lógicas. En lugar de permitir que el presidente y la oposición hagan lo elemental, deberíamos exigir y exigirnos a ellos y a nosotros, ser y hacer lo más íntegro.

Me habría encantado escribir esta columna en “modo pascual” y salir a buscar huevos de chocolate enterrados en el jardín. Pero con tantas discusiones entre presidente y genios, economistas y políticos, y fanáticos y despechados, la fiesta nos puso conejo.

Gloria.arias2404@gmail.com

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