Las paredes de Palacio estaban llenas de mariposas amarillas, frases de García Márquez y cientos de fotos de quien dejará la Casa de Nariño el próximo 7 de agosto. El presidente Petro con indígenas y pescadores; con soldados y campesinas; con bailarines, chamanes, pilotos y multitudes... Imágenes de cuatro años en los que recorrió el país de la belleza, los conflictos y las emociones a flor de tierra; el país que recibió partido en dos y hoy sigue atravesado por rencores y señalamientos, pero con una conciencia distinta: el presidente le dio al pueblo un lugar de dignidad y reconocimiento, donde no hay limosnas sino derechos, y los olvidados de siempre por fin aparecieron en el mapa de los deberes del Estado.
Las paredes de Palacio olían a café recién hecho y a una rebeldía convertida en gobierno; los opositores se transformaron en funcionarios públicos y ya no era necesario tomarse el poder, porque se lo habían ganado en democracia. Ya no se protestaba desde afuera sino desde adentro.
Las paredes de Palacio supieron -quizá por primera vez- lo que significa la guerra en carne propia y lo que siente en sus entrañas y en su abandono la llamada Colombia profunda. Llegaron y fueron acogidos las mingas y los torturados en las caballerizas, los protagonistas de tomas y fuegos cruzados, de balas perdidas, de cuerpos encontrados y acuerdos firmados.
Las paredes de Palacio guardan logros y fracasos de los 62 ministros de estos cuatro años; los gritos irascibles, la dedicación de los respetables y el chantaje de los corruptos; la incompetencia de los mediocres y la idoneidad de quienes de verdad gobernaron por el bien social. Guardan los empalmes que no fueron, los decretos insostenibles y los constructivos, los nombramientos acertados y los que pagaron favores o compraron silencios. Guardan la frustración y los aplausos, los insultos innecesarios, conquistas sociales y consejos a media noche; y -en su urna frente al ascensor y custodiada por dos soldaditos de colores que sonríen cuando nadie los ve- está ella, la espada de Bolívar, la primera orden del comandante en jefe esa tarde del 7 de agosto del 2022.
En dos semanas llegará el nuevo comandante, y ojalá le vaya bien para que las elecciones no hayan sido un suicidio para el país. Pero casi 13 millones de personas tenemos una duda grave y razonable frente al nuevo inquilino, por sus declaraciones y sus aliados, por su historial y sus amenazas; y porque hasta donde hemos visto, su concepto y ejercicio de la ética son tan panditos como un charco de andén.
Antes de terminar la columna, acompáñenme a otras paredes de Palacio… no a las que mencioné al principio y recorrí estos últimos años, sino a las del salón de los gobelinos… imponente, arañas de cristal y como dice Petro “aristocracia” en ebullición. Allí -en medio de un lujo extemporáneo- representantes de las víctimas de violencia sexual durante el conflicto armado, un genial arquitecto chileno, el presidente de la JEP y el presidente Petro, hicieron el lanzamiento del Hospital de la Paz, que funcionará en Cumaral, Meta. Más que un hospital, una ciudadela para la curación de cuerpos y almas, un espacio profundamente humano para acoger, sanar y reparar. Una obra preciosa liderada con tenacidad y perseverancia por Pilar Rueda, antropóloga experta en temas de género y derechos humanos. Ella, inspirada por las víctimas y por un médico africano premio Nobel de Paz, asumió la tarea de darle estructura, vida y servicio, a la dignidad y a la reconciliación de miles de víctimas. Cuenten conmigo para acompañar y respaldar el hospital; y defenderlo, contra tempestad y marea.
Gloria.arias2404@gmail.com