Escribo esta columna el día en el que muchos países del mundo nos celebran a nosotras, las mamás. Es el día de las flores, los regalos con cintas rosadas y los almuerzos en familia. Y, paradójicamente una de las fechas más violentas y con más índices de riñas, homicidios y feminicidios, porque si hay algo bipolar en el comportamiento humano, es el día destinado a las madres. Es como si la exaltación del amor trajera de la mano la exacerbación de los celos, los dramas y los resentimientos; los hermanos que nunca se perdonaron, las herencias no resueltas, las infidelidades reales o ficticias. Mientras unos hogares celebran con el alma bonita, otros se matan. No existe un ser vivo más ininteligible que el ser humano.
Quienes hemos trabajado en hospitales sabemos qué pasa en un servicio de urgencias el Día de la madre. Por algo algunos pueblos sacan avisos como el que vimos ayer en una cafetería al sur de Colombia: ley seca, por ser el Día de las madres.
Bendigo con devoción, con gratitud y amor infinitos la existencia de mis hijos y mis nietos. Pienso en la falta inmensa que hace mi mamá y en cómo ella marcó nuestra vida; me enseñó el amor por la verdad como algo no negociable, y franqueza en todo lo que hiciera. ¿Qué sería de mí si no hubiera heredado su optimismo y algo de su fortaleza constante, serena y sin aspavientos? Pienso en los libros que escribió, en sus clases de arte y en cómo me enseñó a sentir que el teatro y la cultura son antídotos contra el vacío; adoro (y lo digo así en presente) su capacidad de apreciar la vida en el paso de un grillo, en un atardecer, en una barquita de pescadores o en un cohete a la Luna. Quisiera volver a su mesa grande, en la que todo combinaba, las servilletas de colores, la “carnecita agües” que preparaba al horno, el salmón en su punto, las bolitas de arroz… y siempre le agradeceré todo lo que hizo (en todas las dimensiones) para hacer feliz a la familia y para que siempre nos sintiéramos capaces de manejar cualquier situación, por difícil que fuera. Lo lograste, mutter.
Y pienso en las mujeres que se esfuerzan día y noche para llevar el pan a su casa, para que a sus hijos no les falte el cuaderno para mañana y el ángel de la guarda para hoy. Y pienso –mucho, muchísimo– en las madres huérfanas de hijos (se cree que el lenguaje empezó hace más de 135.000 años y aún hoy no existe una palabra para nombrar el estado más triste y devastador del sentimiento humano); las madres de hijos asesinados por la violencia rural y urbana que le ha arrebatado la vida a líderes sociales, a guerrilleros, soldados y policías, a médicos y maestros, a los 6.402 que ya son 7.837, a niñas y niños de las veredas atrapadas por los círculos concéntricos de la guerra de la pobreza y la guerra del fusil. Pienso en Gloria, la maestra, la mamá de Mateo, el joven periodista y estudiante de ciencia política, 25 años, asesinado la semana pasada en una vereda de Briceño, Antioquia. El joven que quiso investigar y escribir sobre la violencia en la región, y por hacerlo fue torturado y asesinado. Y si no es porque Chucho Abad tiene el corazón más grande que el instinto de conservación, hoy su familia no tendría su morral ni su cuerpo, y seguiría preguntándose si al muchacho lo desaparecieron, lo mataron o qué… Ese horrible e inhumano “o qué”, tantas veces sin respuesta, tantas veces perdido en una nebulosa que, además del dolor, impide cerrar los duelos.
Colombia merecerá celebrar el Día de la madre cuando pueda garantizarles a todas las mamás de nuestro país que ninguna violencia les quitará a sus hijos. Antes, qué pena, no estamos para fiestas.