Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Es un desperdicio que el gobierno haya dedicado tantas horas de vuelo político a combatir a los medios de comunicación, sin haberle destinado siquiera un milímetro de objetividad a diferenciar quién es quién en el panorama de la información, el análisis y la opinión.
Algunos medios han sido injustos con el gobierno, les ha faltado rigor y han incumplido preceptos básicos del periodismo. Pero eso no habilita al ejecutivo para emprenderla contra medios honestos, solo porque no le rinden pleitesía.
Así como algunos abogados han hecho fortunas estafando a estafadores; y hay médicos abortadores de oficio, curas pederastas, Palacinos hampones y universidades de garaje que dan diplomas express al mejor postor, quienes hacen bien las cosas no tienen por qué cargar el bulto de los delincuentes. Equidad es que todas las personas tengan las mismas oportunidades; ligereza (mix de ignorancia y hostilidad) es echarnos a todos en el mismo costal.
No se vale estigmatizar todo lo que no es público, y crucificar lo “privado” del derecho al buen nombre. No se vale ejercer el mando con un lente sesgado, para castigar la diferencia y premiar la condescendencia.
Sin ir más lejos, la película montada contra La Silla Vacía es un ataque infame contra la libertad de prensa, y -en este país donde la violencia se volvió costumbre- expone a sus directivas a un riesgo mayúsculo. El gran pecado de Juanita León es haberse formado con inteligencia y responsabilidad en universidades privadas, tener una familia que la apoyó para que pudiera jugarse la vida y la reputación cada vez que mete el dedo en la llaga, y dirigir un medio virtual independiente en el que ella y sus periodistas denuncian a conciencia abusos y exabruptos cometidos desde cualquier orilla de la vida nacional.
El gobierno vocifera cuando dos periodistas de un canal de televisión de un grupo económico incurren en conductas de acoso, pero guarda silencio cuando el tema condenable proviene de funcionarios oficiales.
¿Por qué la corrupción en una empresa privada es una infamia de los ricos contra los pobres, pero si el corrupto es un servidor público, luego es premiado dándole un cargo igual o mejor al que tenía? Daniel Quintero exhibido en puesto de honor en una alocución presidencia, es algo que no merecíamos ver.
Ese doble rasero que ha caracterizado a varias instancias de esta administración es uno de los grandes males que el (la) próximo presidente tendrá que erradicar si quiere ganarse la credibilidad y el respeto de los colombianos. La coherencia parece ser una especie en extinción, y sin ella es difícil generar la confianza necesaria para lograr la gobernanza que Colombia necesita.
Hay paradigmas urdidos desde el epicentro del poder, que es preciso romper porque ni todo lo público es bueno por ser público, ni todo lo privado es malo por ser privado. A ver si se enteran: No todos los empresarios son sátrapas en engorde, y ojalá el próximo gobierno -sea cual sea su color- tenga la madurez suficiente para no insistir en las políticas de odio, vanidad y resentimiento.
Espero que el 7 de agosto empiece para Colombia una era de convergencias, respeto y no estigmatización por quien piensa distinto; tolerancia ante la diferencia e inflexibilidad ante los círculos concéntricos de la corrupción; una era en la que el poder no se trague el deber de la autocrítica, y nadie confunda respaldo con obsecuencia, o pensamiento con obediencia. La lealtad empieza por decirse las verdades, no por disfrazarlas.
Espero que se posesionen más manos constructoras y menos dedos acusadores. Tal vez es mucho pedir, pero no deberíamos conformarnos con menos.
Gloria.arias2404@gmail.com
