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Prólogo: Iba en el primer renglón de la columna, cuando vi unos mensajes que me frenaron en seco. Resulta que la gravedad de las amenazas contra la vida de Iván Cepeda no es que a Iván lo puedan matar, sino lo que dice un congresista gringo, o si la CIA sabía o no. ¡Por Dios! El riesgo para la vida de Iván es inmenso. Él ha sufrido en familia propia los horrores de la violencia política, ha denunciado sin tregua a los intocables, a lo más turbio del paramilitarismo y al Estado victimario. En Colombia muchos pueden ser candidatos presidenciales, pero muy pocos tienen la profundidad, integridad y valentía de Iván Cepeda. La vida de todos los candidatos es responsabilidad del Estado. La de Iván es, además, patrimonio de un pueblo que lo quiere y lo respeta, no por lo que diga una coyuntura electoral, sino por lo que dice su vida. Toda su vida.
Dicho esto, empiezo la columna.
En abril murió el soldado poeta más famoso de la literatura hispanoamericana; y también en abril nació y murió el dramaturgo de Stratford-Upon-Avon. Entre el Hidalgo de la Mancha y el Príncipe de Dinamarca -y con la complicidad de Julieta y Dulcinea- las palabras se confabularon para contarle al mundo historias de amor, drama y locura. Abril celebra el día del idioma y nos recuerda que las bibliotecas y los teatros son universos infinitos, llenos de amantes y de suicidas, de telones y caballeros andantes, de reyes envenenados y molinos de viento, y por eso escritores y lectores sobreviven a cualquier abandono.
Luego de miles de guerras libradas porque se desbordaron la religión y el odio, la política, el oro negro y el dorado, el orgullo y el racismo, me pregunto cuál será el día de un idioma construido por lenguas y dialectos comprometidos con la no agresión. ¿Para cuándo el respeto, la caricia de las palabras, de los humanos y las ideas? Expresarnos sin herirnos, sin romper ni rompernos, sin destruir desde afuera ni demolernos desde adentro. Entender que los fusiles disparan balas letales y la hostilidad dispara palabras que siegan vidas y ciegan razones.
No sé cuántas más generaciones de errores mortales tendrán que pasar hasta encontrar ese idioma casi milagroso que desarme los conflictos antes de que se vuelvan guerras, los espíritus antes de convertirse en cadáveres, y los rencores antes de transformarse en duelos.
Las naciones invierten más en dinamita que en aulas, y más en bombarderos que en caminos y pinceles. Si eso no cambia, no será posible el perdón, ni pensar y obrar con las cartas sobre la mesa y el corazón desarmado.
No somos seres tan mezquinos y odiables como nos lo han hecho creer ejércitos y tribunales; entre caletas y cárceles, entre fosas comunes y discriminadores de oficio, alguien tiene que alzar la voz y decir que sí es posible hablar sin maltratar y mirar sin arrancar; escribir sin dañar y leer sin enojo; y oír sin prevención, porque ni estamos perdidos ni el mar está lleno de espinas.
Un día estaremos hastiados de la tecnología fabricada para destruir, y listos para que crezcan -silvestres- las palabras que crean confianza y la confianza que tiende puentes y los puentes que impiden rupturas. Y podrá empezar entonces el idioma de la reconciliación.
En algún lugar nacerá un palabrólogo que nos explicará que la resignación no es buena idea y que no estamos condenados a matarnos ni predestinados a la violencia; irá de escuela en escuela y de hospital en hospital y de pueblo en pueblo, reivindicando a quienes defendieron la esperanza e intentaron desarmar voces y respuestas. Un día, las palabras serán aliadas de la vida y habrá lugar para una segunda oportunidad.
