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Está circulando un video de minuto y medio en el que se hace un “llamado urgente por el respeto”. Sé que en un país en el que la pugnacidad ha hecho carrera de una manera tan acelerada como dañina, puede resultar estéril pedir una vez más que hagamos un gran esfuerzo colectivo para que la política, y en concreto estas elecciones, saquen a relucir nuestro hemisferio más tolerante y constructivo, y no lo peor de nosotros mismos. No es una petición de Mary Poppins bailando sobre los tejados. Es un pedido de auxilio que interpreta a personas de la vida real que no merecen ser tratadas como cabeza de fósforo para prender incendios. No es sano envenenar a la población con mentiras, oportunismos y calumnias, ni es decente vender embustes para comprar votos. Eso es injusto con el adversario y deshonesto con los electores.
En las campañas y en la cotidianidad, ni la verdad ni la no violencia pueden ser regalos opcionales o estar sujetas a la sensatez de uno u otro candidato. La verdad no puede ser negociable y la violencia tiene que ser inadmisible. Condeno enfáticamente el asesinato en el Meta de dos integrantes de la campaña del Tigre; condeno las amenazas contra él, contra Paloma Valencia y contra Iván Cepeda, y me indigna la mano oscura que falazmente viste de guerrillero al candidato de la izquierda, Iván, un hombre ético y coherente, que en su vida ha disparado un arma y como filósofo, político y defensor de los derechos humanos, le ha entregado todo lo que es y lo que tiene a intentar que nuestro país salga de manera concertada y definitiva, de su agobiante violencia.
De la agresión -venga de donde venga- no queda sino el cansancio, amigos distanciados y familias agrietadas; turbas enardecidas y tiros en la espalda; audiencias escépticas y saturadas de los discursos de hostilidad. Sin calificar los aciertos o desaciertos del gobierno actual y los mecanismos ejercidos por la oposición, es claro que vamos a quedar agotados luego de cuatro años de ofensas y oprobios disparados a lado y lado. “Nunca un insulto será un argumento”, dice el video al que me referí al principio. Lástima que eso no lo entendieron ni el presidente, ni varios de sus ministros ni muchos de sus opositores.
Un país en ascuas, exacerbado por todo y por todos, con los nervios de punta y la paciencia archivada en el desván, difícilmente será capaz de superar las enfermedades que lo aquejan. Por eso la o el próximo presidente de Colombia deberá reconstruir -ante todo- la emocionalidad y la confianza de la gente en el Estado, en el gobierno, en las autoridades que ojalá sean honestas (en todos los sentidos) y competentes para el cargo que ocupen.
En un círculo que puede ser tan virtuoso o tan vicioso como se conduzcan las cosas, confianza y resultados van de la mano; se necesitan mutuamente y es imprescindible volver a confiar en la institucionalidad y en quienes ejerzan el poder. Mirarlos con respeto, con empatía y con algo parecido al afecto y a la admiración como seres humanos y como funcionarios capaces de lograr resultados. La o el próximo presidente deberá recomponer un tejido social y emocional descosido por los siglos de los siglos, un sistema de salud desmembrado por el fanatismo y unas finanzas golpeadas por la improvisación. Afianzar la credibilidad del poco más de medio país que lo respalda, y ganarse la del poco menos del otro medio, que votó por su adversario. Y ¡por favor y por respeto! armonizar paz y seguridad, como lo que son: cimientos, vías y efectos complementarios (no excluyentes) para que la vida sea inviolable, y en ningún lugar de Colombia el miedo crea tener el derecho de sentarse a la mesa.
