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Envío esta columna el 25 de enero, día en el que mi mamá cumpliría 99 años. Mi mamá honró la vida; la suya y la de todos. Honró la verdad, el amor por el arte y el arte de enseñar con amor; y tres consignas en su corazón de maestra: mantener viva la curiosidad (la emoción por descubrir, por aprender, por vivir), encontrar lo mejor en cada uno y jamás menospreciar a nadie.
Hizo cuanto estuvo en sus manos para espantar tristezas propias y ajenas, y si existía la más mínima posibilidad de encontrar siquiera un átomo de esperanza en medio de una situación desoladora, ella lo encontraba, lo rescataba y lo multiplicaba en una sonrisa genuina, en una palabra positiva, una expresión de gratitud, una luz de sabiduría soltada con la mayor sencillez, como si no estuviera dando una poderosa lección de amor y filosofía, sino un pedacito de pan.
No cayó en obviedades ni en paradigmas, ni en las trampas de hacer juicios y condenas. En una sociedad arbitraria, fue siempre una mujer justa con una total sintonía entre lo que pensaba, lo que decía y lo que hacía. No tenía doble libreto ni cartas bajo la mesa. Era lo que era, transparente, como la mirada de sus ojos de un irrepetible verde azul.
Mi mamá era profunda, sensible, divertida, brillante. Se gozó la vida, la trabajó, la estudió, la conoció, la sintió en cada viaje, en cada libro que leyó y que escribió, en cada mapa del cielo y de la tierra. Tenía un espíritu infinito y generoso donde cabíamos todos, donde todos éramos importantes y todos teníamos algo bueno para ser, hacer y contar. Hizo del arte, del teatro y la literatura una forma de ver el mundo, de aprenderlo y de intentar comprenderlo con amplitud y humildad; nunca cerró los ojos de su alma, y quizá por eso se fue al gran viaje a los 94, tranquila, plena, rodeada de amor y con mucha más juventud que vejez.
Todos los días le pido que me ayude a mantener vivo el optimismo, a encontrar alguna forma de hacerle contrapeso a la destrucción que a pasos agigantados cometen tiranos y dictadores que acumulan en su haber, armas, bombardeos, capitales y cadáveres. Es cierto que solo somos una micra de vida y el nuestro es un pequeño pedacito del mundo, pero una vida salvada seguirá siendo un tesoro y una vida perdida seguirá siendo una vergüenza.
Todos los días le pido que me blinde contra la estéril tentación de caer en el lugar común del escepticismo; que me blinde la confianza como mandato vital, en lo que hago y en lo que creo, en mí misma y en los demás para que nada la haga volar en mil pedazos, porque sé que vale la pena seguir luchando por defender la vida y por abrirle ventanas a las palabras y a la palabra, como conquista acordada y colectiva. Una mano tendida vale mucho más que una mano armada, así demasiadas veces demasiadas voces nos exijan desistir y nos griten que somos ilusos, y que el mundo seguirá siendo binario, violento e insalvable por los siglos de los siglos amén.
Le pido a ella y a todos los que quieran y puedan que protejamos el switch de la persistencia, para que nada lo apague. Pido que las posibilidades de luz no sean derrotadas por las evidencias de oscuridad: Una posibilidad -por pequeña que sea y por vulnerada que se encuentre- es capaz de transformar realidades.
Tenemos herramientas para cruzar puentes, para aproximar lenguajes, historias y culturas, y desarrollar sin miedo, sin prepotencia ni orillas un pensamiento libertario y conciliador. Tenemos el valor necesario para no decepcionar a quienes se inventaron el mundo y cumplirle a quienes generación tras generación lograron que hoy estemos vivos. Y tenemos -sobre todo- una enorme responsabilidad que no podemos defraudar.
