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Es enredado manejar la temporalidad en una columna que escribo el domingo de la primera vuelta y será publicada dos días después; lo sensato habría sido escribir sobre otra cosa; como si en las urnas se decidiera qué pedir de postre y no cómo vamos a afrontar, defender y amar (dije amar, no armar) la propia vida y la ajena, durante los próximos cuatro años. Pero no pude; no soy tan flemática ni tan disciplinada como para ocuparme de otro tema, mientras está en vilo el porvenir de un país que se teje y se desbarata, se abraza y se desgarra entre pasiones, amnesias y contradicciones. No pude sentarme frente al computador y esperar que llegara otra historia, como quien espera un taxi para ir a ninguna parte.
En una charla divina entre Mauricio Nieto y Mauricio García Villegas, el autor de El país de las emociones tristes mencionó un grafiti que describe a la perfección este suspenso entrecortado, este atoro sin resolver: “Si usted no está preocupado es porque está distraído”. Y sí, estoy preocupada, y ocupada: apenas se conozcan los resultados, medio país celebrará y el otro medio se dedicará a la fabricación de catástrofes.
¿A quién escogerán los campesinos y los empresarios, los heridos, los curanderos y los doctores, los soñadores y los ingenieros? ¿Cuál será el país que elegirán los barqueros y los banqueros?... y la señora del delantal de flores y el tinto frío, la que vende minutos mientras en otra esquina los sobrevivientes compran tiempo. Por quién votarán los abuelos que se angustian por el futuro de sus nietos, y los nietos que se preguntan por qué fuimos tan locos nosotros, los adultos, los viejos, los que a pesar de tantas marchas y tanta convicción no fuimos capaces de detener las guerras y permitimos que un montón de embaucadores sigan inventando apocalipsis y los tiren contra la esperanza, como pelotas de fuego.
Me espantaría un presidente-fiera que se llena la boca de babas rabiosas diciendo “firmes por la patria”, y no sabemos si su patria es la nuestra, la de Trump o la de Mussolini. Y tampoco quiero pasarme cuatro años temiendo que a mis amigos, a nuestras causas o a mí, nos tumben la puerta de la casa porque a la fiera no le fue suficiente con llenar de explosivos a sus gatos de infancia, y ahora quiere destripar a la izquierda porque “a esa plaga hay que erradicarla”.
Luego de cuatro años de insultos en spray y de un gobierno con ausencia de autocrítica, necesito un presidente que me inspire confianza, afecto y serenidad. Que no desprecie el conocimiento ni premie a los maltratadores; que reconozca sus errores y no se rodee de áulicos sino de gente que le diga la verdad y lo ayude a ser cada día un mejor ser humano y un mejor gobernante.
Son las 11.29 am del domingo 31 de mayo y voté por Iván Cepeda. He dicho públicamente que no comparto sus continuos elogios al presidente actual; tengo mis reservas frente a algunos de sus copartidarios, y no me gusta su fórmula vicepresidencial, ni el muro aislante que la campaña levantó alrededor del candidato. Pero nada de eso es una línea roja, de esas que la conciencia manda no traspasar. El Iván que aprendí a conocer, respetar y querer en Defendamos la Paz, me genera una confianza legítima y humana. Confío en su honestidad física, intelectual y espiritual; confío en su trabajo por la dignidad de las personas y por abrirle camino a una justicia social concertada; confío en la sabiduría que da la filosofía, y me sintonizo con su búsqueda permanente de una paz dialogada, que priorice el respeto a la vida, a todas las vidas. Me inspira el Iván conciliador, el que es un buen ser humano, y por él voté.
