En 2027 se completarán seis años por fuera de la meta de inflación de 3 %. Se configura así el periodo más largo de incumplimiento desde que el Banco de la República adoptó su esquema de inflación objetivo en 1999.
El dato más reciente de la inflación, para septiembre (6,29 %), es superior en más de un punto porcentual al de septiembre de 2025 (5,18 %). Y falta aún el impacto de un fenómeno de El Niño que probablemente se extenderá hasta finales de febrero. Incluso sin los rubros de mayor volatilidad, la inflación pasó de 5,3 a 6,37 % en doce meses.
El control de la inflación es necesario para mitigar, entre otros, los efectos sobre aquellos que no logran que sus ingresos se ajusten al mismo ritmo de los precios, en especial los más pobres. Siendo un reto histórico, se trata, junto con los ajustes fiscales, de uno de los dos grandes desafíos macroeconómicos a escala global de pospandemia.
Con diferentes sendas, los bancos centrales, haciendo su tarea, han recurrido a incrementos de la tasa de política monetaria para contener una inflación que resulta de choques de oferta cada vez menos transitorios –por conflictos geopolíticos, por ejemplo–, que elevan los precios de la energía y los alimentos en medio de débiles políticas de desarrollo productivo y del recalentamiento de las economías con alto gasto público y consumo privado. En Colombia, además, hay que mencionar en los factores el aumento del salario mínimo.
El otro reto, la corrección del déficit fiscal y del endeudamiento público, está ligado al inflacionario. Dos caras de una misma moneda. Cuando los gobiernos fallan en ajustar sus finanzas, las presiones del gasto público sobre la demanda agregada resultan en una combinación de crecimiento frágil –impulsado por gasto– y mayor inflación. Ese escenario inestable se revierte luego, y termina en altas tasas de interés, menor inversión privada, tasas bajas de crecimiento y mayor desempleo.
Como ya he anotado en varias oportunidades, sin ajuste fiscal el Banco de la República es el único sujetando las riendas de un caballo con pinta de desbocarse, mientras el gobierno da espuela gastando más y financiado su deuda a tasas más altas. Un mal equilibrio. Estamos aún a la espera de la propuesta de ajuste de gasto de la actual administración.
El Banco de la República ha tenido que llevar su tasa de intervención al 12,25 %, una política contractiva de más de cinco puntos porcentuales en términos reales –con inflación esperada de 7 % para 2026–. Aunque esa tasa de interés está por debajo del 9 % (en términos reales) de Brasil, es superior a la de Chile, México y Perú.
Advierto que, más que la inflación por sí misma, debe preocupar la tendencia creciente de las tasas de interés de mercado en reacción a un panorama macroeconómico de alto déficit fiscal e inflación resistente. Las tasas de interés de los créditos hipotecarios están ya cerca del 15 % efectivo anual y la de los créditos del consumo del 20 %; es decir, 8 y 13 % en términos reales, respectivamente, mientras la economía crece a menos del 3 % con todo y el empujón de los gastos público y privado.
Sin políticas de corrección, vaya frenazo el que puede venir.
Ex viceministro técnico de Hacienda y Crédito Público. Profesor titular de Economía de la Universidad Javeriana.