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La economía colombiana está mostrando las señales de un aterrizaje suave en medio de una desaceleración anticipada (bastante anticipada). Las cifras de empleo son relativamente buenas, la inflación cede, se ha podido mantener la reducción del déficit fiscal, hay un enfriamiento sano en la cartera crediticia de consumo y un ajuste de la cuenta corriente con buen desempeño de la inversión extranjera directa. Los últimos dos puntos fueron confirmados recientemente por el Banco de la República con los resultados de la balanza de pagos del primer semestre.
Siempre será difícil explicar que en medio de una desaceleración, consecuencia de los “ciclos económicos”, un ajuste como el actual es un objetivo de corto plazo que va bien. Ayuda tener presente que la alta tasa de crecimiento de 2022 era insostenible al estar empujada por el rezago de la política fiscal después de la pandemia —en relación con otros países latinoamericanos—, el auge del consumo de los hogares y los altos precios de las exportaciones generados por la guerra en Ucrania. El Gobierno actual no podía acentuar un recalentamiento de la economía que luego llevaría inevitablemente hacia un frenazo en seco con altos costos económicos y sociales. Un ajuste gradual es preferible. Y en esa línea, por ejemplo, se ha dado la reducción del déficit del Gobierno nacional central y del déficit del Fondo de Estabilización de Precios de los Combustibles (FEPC) —que alcanzó una posición neta cercana a $37 billones en 2022—. Aunque impopular, se afrontó desde el segundo semestre de 2022 con el aumento del precio de la gasolina en el marco de la responsabilidad fiscal y para evitar focalizaciones inadecuadas de los subsidios. Haberlo hecho así le permite incluso hoy al Gobierno moderar lo que queda pendiente.
En todo caso, hay que reconocer en las buenas señales del aterrizaje suave una combinación de aciertos tanto del Gobierno como del Banco de la República y un contexto favorable de la economía internacional.
Dicho eso, la tarea no está completa y los resultados son frágiles. La baja tasa de crecimiento anticipada para 2023 también ha sido anticipada para 2024. La OCDE pronostica, por cierto, un crecimiento de 1,5 % en 2023 y 1,8 % en 2024. El aterrizaje, por lo tanto, no termina este año y los desafíos del ajuste serán diferentes a los que tiene la economía en 2023. Dados los rezagos de la política económica, deben iniciarse ya algunas acciones sin esperar a que lo anticipado parezca sorpresa en 2024. En la lista está: empezar la reducción de las tasas de interés —50 puntos básicos en septiembre—, poner en marcha la expansión y diversificación exportadora —para que el ajuste de la cuenta corriente no quede condicionado a la reducción de las importaciones—, estructuración de programas de empleo con cooperación pública y privada —anticipando el deterioro del empleo por las bajas tasas de crecimiento—, mejorar la ejecución presupuestal —incluyendo mecanismos de concurrencia de la inversión pública— y, en general, activar programas de desarrollo productivo —política contracíclica que es a la vez base para un modelo de desarrollo con soluciones estructurales—. Digámoslo así: el aterrizaje va bien pero la pista está en 2024.
* Exviceministro técnico de Hacienda y Crédito Público. Profesor titular de Economía de la Universidad Javeriana. @G_HernandezJi
