Es un error de excesiva simplificación política pensar que una propuesta continuista de gobierno es lo mejor para la clase empresarial. Programas de gobierno que se podrían titular “más de lo mismo” —sin un enfoque de transformación productiva, con metas sin el cómo, con animadversión por lo público y haciéndole el quite a la necesidad de una reforma tributaria estructural— son cantos de sirenas que condenan incluso a marineros avezados. Deberían entender que no solo quienes se embelesan por la oratoria de tarima de plaza abierta terminan saltando al mar para morir ahogados. Pierden también quienes creen la promesa de que el país puede seguir por el mismo camino sin descarrilarse.
Quedó atrás eso de que hay gobiernos para la gente y gobiernos para los empresarios. Colombia atraviesa una crisis social y económica con brotes de crisis de gobernabilidad, que se está acentuando y perjudica a todo el mundo. Hasta un Gobierno como el actual, de tipo neoliberal, estructurado para gobernar poco, que llegó con la promesa de menos impuestos, tuvo que empujar reformas para agrandar el paquete de subsidios, intentando contener así el malestar. Esos subsidios tienen ahora margen agotado por el déficit fiscal y las condiciones externas de financiamiento.
Los funcionarios del Gobierno miran el reloj con impaciencia para que su desafío culmine y que todo sea, de una vez por todas, asunto de la próxima administración. La recuperación del empleo formal está estancada. La inflación superó el 9 % en abril. La pobreza sigue afectando al 40 % de la población. Mujeres y jóvenes son los más afectados. Las protestas en las calles son atizadas por una economía que no les responde a los ciudadanos. Tanto va el cántaro a la fuente que al final se revienta.
A diferencia de la propuesta continuista, es necesaria una estrategia que integre educación, economía y desarrollo productivo para dinamizar una verdadera recuperación. Y esta estrategia debe contar con legitimidad y transparencia de lo público, sin la corrupción que se cultiva desde los apoyos en campaña. Las empresas necesitan estabilidad institucional y gobernabilidad para tener más utilidades. Necesitan mejor infraestructura física y social, formación para el trabajo, educación y transferencia tecnológica para ser más competitivas y generadoras de empleo. Esto no se logra sin alianzas público-privadas, que no se alcanzan con polarización y sin un liderazgo orientado a unir en lugar de dividir. Los empresarios, junto con el Gobierno, tienen que internalizar el malestar social y reconocer que al enfrentarlo con una mejor economía, al servicio de la gente, gana el país y ganan ellos.
No solo es un fantasma. Un canto de sirena neoliberal también recorre Colombia. Algunos desprecian el populismo de izquierda, pero ceden a los encantos del populismo de derecha. Mejor que se amarren al mástil y voten por una transformación viable que sane las heridas de la crisis social, política y económica. Es un momento histórico para ver la importancia del centro político que, sin generar las emociones conflictivas de los extremos, tiene la legitimidad, conocimiento y experiencia para generar mayor bienestar social. Que la emoción venga mejor de poder darle un nuevo rumbo a Colombia, sin saltos al vacío ni con más de lo mismo con los mismos.