Guste o no, Javier Milei se ha convertido en un referente político latinoamericano. Muy extraño sería, por ejemplo, que la carrera presidencial en Colombia, que tendrá ritmo acelerado este año, pase de largo sin discusiones sobre las propuestas de reducir sustancialmente el tamaño del Estado. De hecho, el exministro, Mauricio Cárdenas, en un foro reciente le puso ya el parlante a la consigna de “recortar grasa”. Asimismo, la aparente imposibilidad política de una nueva reforma tributaria pondrá los reflectores sobre el gasto. No se puede desconocer tampoco el avance ideológico de los llamados libertarios, amplificado por antiestablecimiento y frustración con las instituciones del Estado y la clase política tradicional. En 2022 aquel avance estuvo cerca de llegar a la Presidencia de la República con Rodolfo Hernández. Dudo que esas ideas queden huérfanas en 2026, y dudo que no sean usadas como parte de la crítica opositora al actual Gobierno.
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Para las cuentas de año nuevo, Milei redujo el gasto público en 27 % —cerca de 5 puntos del PIB y 7 puntos si se cuentan los gastos de provincias y municipios—. Un ajuste fiscal sin precedentes que vino de la mano con el congelamiento de la planta estatal —luego de acabar con 36 mil empleos—, reducciones de ingresos para los pensionados y recortes en las inversiones públicas. Como escribí hace algunos meses, las consecuencias políticas del fuerte apretón fiscal dependían de la rapidez al frenar la inflación, detener la caída libre de la actividad económica, recuperar los salarios reales y evitar que el deterioro de la pobreza sentara las bases de una fuerte crisis social.
Hoy Milei está triunfando en varios frentes. La inflación en 2024 cerrará cerca de 120 % mientras en 2023 fue 211%; el estimador mensual de actividad económica muestra una recuperación “en forma de V”; el riesgo país, que llegó a reflejarse en un sobrecosto en el financiamiento argentino de 2.000 puntos básicos frente a los bonos del tesoro de Estados Unidos, hoy se traduce en 600 puntos. Por el lado social, sin embargo, que representa el mayor desafío y la mayor incertidumbre: el desempleo (7 %) continúa por encima de 2023; los salarios pierden aún cerca de 6 % en su poder adquisitivo; la pobreza alcanzó un techo de 55 %, siendo el peor registro en 20 años, para luego ubicarse algo por debajo de 40 %. Una cifra muy preocupante aún.
Macroeconómicamente persiste el riesgo de una devaluación del peso argentino, que descarrilaría en el corto plazo las metas de inflación, profundizaría la caída de los salarios reales y aumentaría la pobreza.
De todos modos, no deja de sorprender lo político. En medio del ajuste recio, Milei tiene hoy crecientes posibilidades de ganar respaldo en el Congreso en las elecciones que se celebrarán en octubre y que darán espacio a la renovación parcial del Senado de la Nación y de la Cámara de Diputados. El diario Clarín tituló a tres columnas la semana pasada: “Milei arranca el año electoral con ventaja sobre el kirchnerismo”. Hay cierta paciencia por ahora. La crisis es vista aún como el legado de Fernández y el kirchnerismo. Veremos si el retrovisor sigue igual de limpio en unos meses. Y veremos la llegada de la discusión en Colombia.
* Ex viceministro técnico de Hacienda y Crédito Público. Profesor titular de Economía de la Universidad Javeriana.