La política de relaciones exteriores de Colombia tendrá que ajustarse para no quedar en fuera de lugar en medio de las tensiones de la geopolítica mundial. El tema de Venezuela es fundamental, por razones conocidas que vienen consolidándose desde hace tiempo, a las que se suma ahora el detonante de la guerra de Rusia y Ucrania. Nuestro vecino se ha convertido en uno de los epicentros de la guerra fría entre Estados Unidos y Rusia. Todo un choque de placas tectónicas al lado de Colombia.
Con la lógica de que “las naciones no tienen ni amigos ni enemigos permanentes, sino intereses permanentes”, la prohibición norteamericana de importaciones de petróleo ruso –en vigencia desde la semana pasada– fue precedida por reuniones diplomáticas (constructivas) de los gobiernos Biden y Maduro. Encontrar sustitutos para los cerca de 200.000 barriles diarios de crudo que Estados Unidos importó de Rusia el año pasado era necesario antes de hacer nuevos movimientos tácticos de sanciones económicas en el sector minero-energético; sanciones que pueden, como un bumerán, traducirse en fuertes costos económicos para Estado Unidos y sus aliados. De hecho, la Unión Europea está discutiendo el precio económico que estaría dispuesta a pagar si bloquean las importaciones de petróleo y gas ruso para intentar detener los avances militares de su contrincante, considerando el riesgo de una recesión económica que podría tener consecuencias globales.
Venezuela, como lo anota la más reciente edición de la revista The Economist, logró duplicar su producción de petróleo en el último año, llevándola a 800.000 barriles diarios. Aunque está bastante lejos de los tres millones de barriles diarios que producía a comienzos de los 2000, la cifra es importante; da para pensar que Venezuela podría beneficiarse de un nuevo boom petrolero con precios del oro negro que superan en este momento los 100 dólares por barril –con perspectivas al alza dependiendo de la intensificación del conflicto en Ucrania–.
Colombia no puede perder de vista que el eventual boom venezolano podría contribuir en la mitigación de los efectos adversos de la guerra sobre nuestro país. El boom no tendría que ser bueno solo para Venezuela; sería además una fuente adicional de demanda externa para la producción industrial colombiana. Recordemos que Venezuela fue por décadas el principal comprador de las exportaciones manufactureras colombianas y que el gobierno Maduro necesitará que sus ciudadanos tengan acceso a los bienes que la industria venezolana no es capaz de producir. Para Maduro, la democratización de ese boom será clave para fortalecer su posición en un equilibrio bastante inestable de lo político y lo económico, tanto domésticamente, como en su relación con Estados Unidos y Rusia.
Para que Colombia pueda aprovechar el escenario, debe fomentar la expansión de la producción de manufacturas –algo necesario independientemente de lo que pasa en Venezuela– y debe contar con un nuevo enfoque de política exterior y relacionamiento diplomático con el país vecino. Un gran desafío con intersección de política económica y política exterior para el próximo Gobierno. Si la política con Venezuela sigue marcada por la trivialidad, en lugar del pragmatismo, el país estará en lugar equivocado, mientras países como Estados Unidos sí entienden lo que significa, como dice The Economist, poder ser “enemigos con beneficios”.
Coletilla. En “Oil and regime type in Latin America: Reversing the line of causality”, publicado en Energy Policy, analizamos (con Javier Corrales y Juan Camilo Salgado) los aspectos macroeconómicos e institucionales de la producción de petróleo en varios casos de América Latina, incluyendo Venezuela. Podría interesarles.