A estas alturas del año, ya podemos decir que se encuentra madura y consolidada la falta de liderazgo del gobierno Duque en varios frentes, entre ellos el de la economía. Y no está solo. En relación con los desafíos del desempleo, la pobreza y la desigualdad, la timorata respuesta fiscal del Gobierno va acompañada por la convencional y poco audaz política monetaria del Banco de la República.
En su más reciente reunión de junta directiva (viernes pasado), el banco central decidió mantener inalterada su tasa de interés de intervención (1,75 %). Una de sus razones es que “los indicadores de crecimiento económico más recientes confirman el ritmo previsto de recuperación de la actividad y se espera que esta evolución continúe en el 2021”. ¿En serio, todo bien y en orden?
El Gobierno y el banco central no deberían armarse de la retórica de llamar reactivación o recuperación al rebote de la economía luego de haber tocado fondo con una pérdida de 5,4 millones de empleos en abril y una caída del PIB de cerca de -16% en el segundo trimestre. Incluso si el año cierra con una contracción de -6% (el FMI pronostica -8%), estaríamos hablando de la mayor reducción del PIB en la historia (cerca de 2 puntos porcentuales por debajo de la contracción de -4,2% en 1999).
No es consecuente que el Gobierno siga con el libreto de un gasto para enfrentar la crisis apenas cercano al 3% del PIB y sin claridad sobre su ejecución y eficiencia, tampoco que el Banco de la República siga con su receta de eventuales y tenues reducciones de la tasa de interés (que no se traducen con efectividad en los mercados crediticios).
Cuando exigimos coordinación de la política fiscal y la política monetaria no nos referimos al tipo de coordinación para la inacción que estamos viendo. Nos referimos a un plan ambicioso de medidas gubernamentales de reactivación y generación de empleo, financiado, entre diversos instrumentos, por un préstamo directo del Banco de la República (compra de TES sin los costos de intermediación del sistema financiero). En lugar de anuncios insulsos, se necesitan acciones rápidas y contundentes para atender la urgencia inmediata y para mitigar los efectos persistentes y de largo plazo del sacudón social y económico en el que está el país.
Se asocia a veces la crisis de legitimidad y credibilidad de la democracia y de los gobiernos con líderes inescrupulosos, noticias falsas y hechos de corrupción –puntos de mayor atractivo mediático–. Pasa desapercibido que la débil acción de las políticas económicas puede generar altos costos sociales, y minar también la confianza ciudadana en las instituciones del Estado.
Ph.D. en Economía, University of Massachusetts-Amherst. Profesor asociado de Economía y director de Investigación de la Pontificia Universidad Javeriana (http://www.javeriana.edu.co/blogs/gonzalohernandez/)