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No era difícil anticipar que el acceso a los avances científicos para enfrentar la pandemia sería asimétrico. Los países de ingresos bajos y medios tienen restricciones presupuestales e institucionales más severas que los países ricos para poder crear, incorporar, adaptar y, en fin, aprovechar las invenciones (como las vacunas) que terminan por definir los cambios de rumbo en la historia de la humanidad.
Aunque siempre existe un rezago en la asimilación de las tecnologías por parte de los países en desarrollo, no puede desconocerse que la transmisión de conocimiento para enfrentar el coronavirus ha ocurrido en un favorable tiempo récord. Esto es gracias a los esfuerzos científicos y económicos de la comunidad global.
Está bien pensar en mecanismos que podrían acelerar aun más esa difusión de conocimiento y tecnología. La salud y la reactivación económica son ahora bienes públicos mundiales que van mucho más allá de las visiones nacionales. No obstante, la retórica de que los países ricos y el “capitalismo salvaje” nos tienen sin vacunas (que se escucha recientemente) es un recurso desesperado que flaco favor le hace al propósito de seguir encontrando soluciones, con los pies en la tierra, comprendiendo con pragmatismo las desigualdades del poder y el margen de acción que tiene cada sociedad para manejar la crisis. Culpar a los países ricos solo desvía la atención sobre la mala gestión nacional de la pandemia.
La prioridad de conseguir vacunas es ineludible. Sería un error, sin embargo, permitir que la ilusión de las vacunas descargue al Gobierno de su responsabilidad de atender frentes básicos aún descuidados, y que todavía son claves para enfrentar la pandemia: el fortalecimiento de las capacidades hospitalarias y la gestión de los recursos humanos en el sector de la salud.
Y hay algo por aprovechar: la vacunación en países de ingresos altos reducirá la tensión en los mercados de medicamentos, respiradores y otros insumos, que serán poco a poco menos necesarios en esos países y que seguirán siendo necesarios aquí. El Gobierno debería tener ya una estrategia para acceder efectivamente a esas tecnologías relativamente más básicas, que bien incorporadas en nuestro sistema de salud aliviarían coyunturalmente los efectos de la crisis, además de proporcionar nuevas capacidades para la atención en salud en el largo plazo.
El Gobierno no puede continuar llegando tarde a este tipo de negociaciones cruciales. Otros países competirán fuertemente por esos recursos “liberados”, así como lo hacen por las vacunas. Tampoco puede seguir repitiendo la misma táctica de prometerle a la población la tecnología más alta mientras fracasa con las más básicas. Fracasa en lograr una campaña efectiva de prevención y promete comprar respiradores, que llegan tarde. Fracasa en la dotación hospitalaria y promete vacunas de la mayor efectividad (algo que no ha arrancado bien, aunque otros países latinoamericanos ya iniciaron la vacunación).
Por el bien del país, ojalá le vaya mejor al Gobierno. Pero, de cualquier modo, los fracasos de esa gestión desordenada están siendo pagados ya por millones de colombianos. Supone uno que esos fracasos también le pasarán cuenta de cobro al partido de Gobierno en las próximas elecciones. Ya veremos.
* Ph.D. en Economía, University of Massachusetts-Amherst. Profesor asociado de Economía y director de Investigación de la Pontificia Universidad Javeriana (http://www.javeriana.edu.co/blogs/gonzalohernandez/)
