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La invasión de Rusia a Ucrania –una etapa más de la guerra fría– es un desafío para la recuperación pospandemia de la economía mundial. Deterioro del comercio, obstáculos a las transacciones financieras internacionales y altos precios de los combustibles son los efectos económicos más inmediatos.
Las afectaciones al comercio juegan en contra de Colombia. Una nueva desaceleración de la economía global significaría mercados más pequeños para nuestras exportaciones. Además, los bloqueos de los puertos del Mar Negro están golpeando las cadenas de exportación de alimentos, principalmente de granos. Esto último, junto con las recientes prohibiciones de Rusia y China sobre las exportaciones de algunos fertilizantes, se traducirá en una mayor presión sobre los precios de los alimentos que se consumen en Colombia.
En dirección positiva, el precio del petróleo bordea ahora los 100 dólares por barril, aumentado el valor de nuestras exportaciones, altamente concentradas en combustibles. Y los altos precios del gas natural a nivel mundial siguen propiciando una mayor demanda por carbón. Incluso antes de la invasión rusa, las importaciones de carbón de la Unión Europea crecieron en más de 56 %. Podemos decir que, en medio de todo, los precios más altos de nuestras exportaciones tradicionales caen bien a los déficits fiscal y de cuenta corriente, que están ahora en niveles preocupantes por la combinación de causas estructurales y de la pandemia.
Son inciertas la duración e intensidad de estos efectos. Dependerán del escalamiento o desescalada del conflicto. La relativa tranquilidad de la semana pasada en las bolsas de valores, a pesar de algunos momentos de pánico, indica que los mercados internacionales habían anticipado el desenlace de las operaciones militares rusas y la reacción de Estados Unidos (y sus aliados) con sanciones comerciales y financieras. Esto no significa, sin embargo, que la situación sea estable: lo previsto suele ocurrir en las aperturas de ajedrez de los grandes maestros, pero cualquier movimiento en la mitad del juego puede llevar a cambios dramáticos. Ya veremos.
Lo que sí es cierto es que a la hora de evaluar las consecuencias sobre Colombia nada es más insensato que pensar que los 11 mil kilómetros que separan a Kiev de Bogotá son un indicador de la distancia geopolítica y geoeconómica del conflicto. No se puede ignorar este nuevo panorama internacional. En lo económico, los precios de los alimentos, el petróleo y el carbón están en el corazón de la coyuntura colombiana, y deben estar en el centro de los debates sobre la manera de transformar la estructura productiva del país. Por ejemplo, con este escenario, mucho menos sentido tienen las propuestas de Gustavo Petro de detener la exploración petrolera –cuando el precio del petróleo es el único que trae buenas noticias macroeconómicas en medio de la guerra– o de aumentar los aranceles de los productos agrícolas –con las presiones inflacionarias adicionales sobre los precios de los alimentos–. Y cuidado: con estos temas no se puede cerrar el debate diciendo “qué Ucrania ni qué ocho cuartos”.
