El presidente Petro cada vez se siente más a gusto en la polarización y polarizando. Dirán algunos de sus partidarios que es cuestión de entender las contradicciones y acentuarlas, maniobrar en el caos y la reacción defensiva a una oposición desatada. Es la mejor manera, además, de conservar una base electoral, sea para gobernar luego en cuerpo ajeno o para mantener las fuerzas de una renovada oposición en caso de una derrota política en 2026.
Hay que recordar que el presidente intentó un acuerdo nacional que duró, sin embargo, menos de medio tiempo de su gobierno. Hoy la relación con el Congreso de la República y otras instituciones independientes del ejecutivo están en mal estado. El diálogo con el sector privado está atomizado y pasa más por un tono de desconfianza que de cooperación. La relación diplomática con los Estados Unidos es crítica. Todo lo anterior en doble vía, claro. En términos prácticos, no veo evidencia de que el programa de gobierno se ejecute mejor con esas tensiones con pronóstico de exacerbación.
No hay duda de que el presidente tiene razón en muchos puntos, entre ellos la dignidad que merece todo ser humano o las grandes causas ecológicas. No obstante, la forma en que se tramitan las diferencias, especialmente en democracia, y cómo se alcanzan soluciones concretas para los ciudadanos, son aspectos más importantes que el mismo diagnóstico intelectual. No puede confundirse diagnóstico con remedio.
El presidente Petro, de todos modos, mantiene un respaldo popular importante, que se basa en buena medida en que la gente tiene memoria: los problemas del país no empezaron con él y aún hay resentimiento. Habrá indignación mientras la exclusión sea la norma. Pueden en ciertos casos ser más responsables de los malestares algunos opositores al Gobierno que posan hoy como protectores de la nación y que se sienten igual de cómodos polarizando.
Lo clave es resistir a la polarización en medio de las convulsiones globales que estamos viviendo. Una resistencia que debe tomar partido por lo justo, sin dejar que lo justo sea monopolizado. Los temas de seguridad, salud, inclusión social, informalidad laboral, desarrollo productivo no son de derecha o izquierda. Se puede trabajar con buenos funcionarios honestos, independientemente de sus simpatías políticas.
Necesitamos una resistencia que mitigue la atracción de aquellos polos opuestos y sus respectivas ganancias de popularidad. Una resistencia que debe comunicar bien los efectos de las políticas públicas, algo que es mucho más difícil que confirmar prejuicios. Y debe promover la participación política ciudadana amplia, porque poco sirve una resistencia de recinto cerrado, en especial cuando quienes polarizan dominan la comunicación.
Existe polarización en el norte y en el sur global, y con ese modo de batalla política pierden los más débiles, los más pobres y los vulnerables. Se siguen sumando generaciones sacrificadas sin oportunidades; aumenta el odio y hay mayor ruptura del tejido social y la convivencia. Pasamos de un tiempo perdido a otro sin lograr sanar ni las confrontaciones más violentas ni las menos violentas que minan la esperanza. Finalmente, es la esperanza la que impulsa a las naciones a seguir adelante y a perseguir un futuro. En esto se fundamenta la construcción de lo que tantas veces denominamos “un proyecto de país”.
* Exviceministro técnico de Hacienda y Crédito Público. Profesor titular de Economía de la Universidad Javeriana.