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Un laboratorio gigante para la ciencia

Gonzalo Hernández

29 de marzo de 2021 - 10:00 p. m.

Los pequeños oasis de reflexión que nos dejan los tiempos convulsionados de pandemia son buenos para escapar de la coyuntura y pensar con perspectiva, y aire optimista, en que los momentos de crisis más severos siguen viniendo acompañados de grandes oportunidades para transformaciones positivas de la humanidad.

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Un aspecto destacado en ese sentido, verdaderamente sorprendente en este año de pandemia, es el avance de la ciencia. Y aunque es ejemplo ya de lugar común mencionar los tiempos récord en los que se obtuvieron el genoma del coronavirus y las vacunas –así como las discusiones sobre los efectos socioeconómicos de la crisis, con respectivas recomendaciones de política–, no deja de ser maravilloso, precisamente, saber que la pandemia es un lugar común en el que convergen las contribuciones de una multitud de ciudadanos globales.

Mientras el coronavirus y la crisis son estudiados por expertos en zoonosis, epidemiología, economía y cien disciplinas más, a escala mundial y con una concentración temática y de recursos económicos sin precedentes, miles de millones de personas están informadas sobre lo que está ocurriendo, participan en fases experimentales y estudios de efectividad de tratamientos y vacunas, y se manifiestan activamente en los debates también, exigiendo acciones contundentes y con respaldo científico por parte de sus gobiernos. A pesar de las barreras técnicas y políticas para que las políticas públicas cuenten siempre con fundamento científico riguroso, el éxito de la ciencia en tiempos de pandemia es indiscutible: muchas de las barreras han sido vencidas.

La pandemia ha significado para la ciencia un laboratorio de experimentación a escala mundial –inesperado, indeseable, pero para sacar provecho–. En ese laboratorio planetario se obtienen a la vez las ventajas de la competencia, la cooperación y la creatividad de los ecosistemas de investigación e innovación, que definen sus agendas de trabajo de acuerdo con sus visiones, capacidades y talentos particulares. Asimismo, convergen acciones estatales y del sector privado en clave pragmática en lugar de ideológica.

¿Podría ser mejor? Sí, pero los resultados son sin duda extraordinarios. Ningún foro de líderes mundiales habría podido lograr semejante coordinación de fuerzas a escala global en este laboratorio de trabajo interdisciplinario, financiado por gobiernos, universidades e institutos, empresas y ciudadanos de a pie, que ha permitido tanto el desarrollo de nuevas iniciativas de investigación como la consolidación y capitalización de conocimientos acumulados durante largo tiempo – “Si he visto más lejos ha sido gracias a poder estar en los hombros de gigantes” –. De otra manera, el saldo de víctimas habría sido mucho mayor, y habríamos tardado décadas en ver con esperanza el final de la pandemia.

La crisis deja aprendizajes profundos sobre la importancia de la ciencia, su financiación y su gestión, y nos muestra que, así como hablamos de los efectos negativos persistentes del desempleo y la pobreza, la sociedad se beneficiará de los efectos positivos de largo plazo de la ciencia en tiempos de pandemia sobre la salud y el bienestar general de los humanos de hoy y del futuro.

Hacer que esa ilusión no sea ilusoria dependerá de nuevos acuerdos sociales y políticos para que los dividendos de la educación, la ciencia, la tecnología y la innovación no queden atrapados en las dinámicas de la desigualdad social y económica, y que puedan convertirse entonces en cimientos de construcción de mejores democracias.

* Ph.D. en Economía, University of Massachusetts-Amherst. Profesor asociado de Economía y director de Investigación de la Pontificia Universidad Javeriana (http://www.javeriana.edu.co/blogs/gonzalohernandez/)

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