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El punto central de la actualización en julio de las perspectivas económicas mundiales del Fondo Monetario Internacional (FMI) fue la proyección de una tasa de crecimiento de la economía global para 2026 de 3 %.
Esta cifra, sustancialmente menor al crecimiento de 2025 (3,5 %), refleja que los factores negativos, siendo la guerra en Irán el más destacado, están dominando sobre el efecto favorable de la expansión tecnológica de la inteligencia artificial y su adopción en el aparato productivo. Sin lo positivo de las inversiones en las nuevas tecnologías —con las respectivas ganancias de eficiencia en los próximo años— el panorama mundial ciertamente sería más preocupante.
Hay que anotar que las consecuencias del conflicto en Medio Oriente se suman a los impactos sobre los precios de la energía, cereales, fertilizantes y las disrupciones del comercio provocados por la guerra entre Rusia y Ucrania que se ha extendido por más de cuatro años.
En relación precisamente con los precios de la energía, el FMI ha tenido que revisar al alza sus proyecciones en varias oportunidades. En días previos a las primeras acciones de la guerra en Irán, se esperaban reducciones en los precios del petróleo y el gas natural para 2026 (frente a 2025) de 4,5 y 8,3 %, respectivamente. En el informe de abril se proyectaron aumentos de cerca de 22 % para el petróleo y 17 % para el gas. Ahora, con la actualización de julio, se estiman incrementos de 32 y 22 % para esos dos hidrocarburos. Un verdadero escalamiento en medio de un contexto incierto sobre la intensidad y la duración del conflicto.
Asimismo, los eventos actuales se suman a las marcas dejadas por la crisis de la pandemia —aunque parezca ya lejana—. Muchos países no han logrado superar la presión del gasto contracíclico de 2020 y 2021 sobre sus finanzas públicas. Y, a diferencia del entorno monetario favorable de aquella época, con tasas de interés relativamente bajas, los bancos centrales han tenido que ser más agresivos con sus tasas de política para enfrentar la inflación. La política macroeconómica (fiscal y monetaria) está acorralada.
Aunque la semana pasada se mantuvieron inalteradas las tasas de política monetaria en los Estados Unidos, las presiones inflacionarias no ceden y hacen poco probable un escenario de menores tasas de interés internacionales. Un día después de la decisión de la Reserva Federal se conoció que el Producto Interno Bruto norteamericano creció en el segundo trimestre solo 1,5 %, mientras el crecimiento del primer trimestre había sido 2,1 %. Seguramente la anticipación de estos resultados disuadió temporalmente a la Reserva Federal para no actuar de manera más activa subiendo las tasas.
El efecto del menor crecimiento global en 2026 será asimétrico sobre los países en desarrollo. Los más vulnerables serán aquellos que no logran enlazar sus cadenas productivas a las cadenas tecnológicas de valor desarrolladas alrededor de la inteligencia artificial (energía, equipos, centros de datos, semiconductores, entre otros) y aquellos con dependencia de importaciones de productos petroleros. Esto recuerda el imperativo de contar con una estrategia de desarrollo productivo, con industrialización y servicios con alta tecnología, así como la advertencia de no convertir la transición energética en una simple bandera ideológica.
*Exviceministro técnico de Hacienda y Crédito Público. Profesor titular de Economía de la Universidad Javeriana.
