12 Jun 2021 - 3:35 a. m.

Ayer no vino Ashley

No, no vino Ashley.

La esperaba. Con Miranda y Nazareth, sus niñas. Le iba a dar veinte mil pesos. De todas las mamás, prefiero darle a ella. A los muchachos no les doy casi nunca, aunque los veo limpiando la tierra y las hojas del andén, o vendiendo ramas de eucaliptos, o cantando. Hay unos muchachos que tocan el violín y el trombón y cantan O Sole Mio. O Stand by Me, de John Lennon. Tal vez les deba dar a ellos alguna vez.

Muchas veces la veo ahí, a Ashley. Sentada, con las bolsas plásticas para la basura, que le vende a quien se las quiera comprar al precio que sea. Es tan joven. Debió de ser madre muy temprano, a los dieciséis o diecisiete porque Nazareth, la mayor, tiene seis años por lo menos. Ashley tiene el pelo negro y los ojos negros y la cara es redonda y dulce. Es morena. El cuerpo es el de una muchacha joven. A pesar del cansancio que tiene siempre, del calor, del frío, de las horas eternas sentada, el cuerpo es el de una mujer joven. Todavía los átomos y las moléculas de la vida que está temblando, que está comenzando.

Se vino de su país. A pasar trabajos en este país. Quedamos en vernos ayer y no llegó. Se habrá enfermado una de las niñas. O no la dejaron pasar los bloqueos. O no tuvo para el Transmilenio. Ojalá no sea que ya se devolvió, porque me dijo varias veces que ya no le daba para quedarse, que no le compensaba. Que con todo y lo que está sucediendo allá, a lo mejor iba a estar menos mal que acá. Entonces estaba juntando plata para el pasaje en bus hasta Cúcuta y pasar la frontera. Eso sí sería muy doloroso, que Ashley se haya ido. Que no me haya dicho.

Cuando quedamos en vernos en el parque, yo la busco con la mirada desde lejos. Ahí mismo la distingo. Y me acerco a ella y ella me sonríe con tristeza, con fatiga. Yo sé que lo que le doy no es nada, no sirve en realidad para nada. Y más que eso, sé que no estoy teniendo con ella la conversación que debería ser, la de por qué estamos los dos en esa escena en la que yo le doy un billete y ella me extiende la mano y me sonríe. Ella y sus niñas con hambre y con cansancio y yo haciendo el ademán fácil, el gesto falso de desprendimiento. Sé, con rabia y con desprecio por mí mismo, que los veinte mil pesos no sólo se los doy a Ashley para que compre un poco de leche y un ponqué Ramo, sino para no sentirme mal yo mismo. Con culpa, con la angustia de ver a una muchacha joven, con sus niñas chiquitas, pidiendo ayuda en la calle del barrio en el que yo vivo. En el parque por el que yo paseo. Muy lejos de su propia casa.

Es verdad. Y son más mamás. Y son más niños y niñas pegados a sus piernas. Y son también las mujeres indígenas que han empezado a llegar. Todas esas mujeres, todas las mujeres del mundo que están quebrantadas, sentadas en el piso a lo largo del parque por el que yo paseo.

Sí, así es.

De todos modos, ojalá no se haya ido Ashley. Y venga mañana. Y yo pueda acercarme y sentirla un poco. Y hablar un instante con ella. Y a pesar de todo, darle los veinte mil pesos.

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