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21 May 2022 - 5:00 a. m.

Cinco millones

Ese es el número de niños y niñas en Colombia, según informó el ICBF, que están “en condición de pobreza y vulnerabilidad”.

Mejor dicho, dejando los eufemismos y el lenguaje de los tecnócratas a un lado, niños y niñas que están pasando hambre, que sufren de desnutrición, que no tienen ni salud ni vivienda ni educación en condiciones dignas.

Cinco millones.

De veras, con qué cara salen el presidente Duque y el ministro Restrepo jactándose de un vigoroso crecimiento de la economía nacional. ¿Cómo hacen? ¿Son unos simuladores? ¿Son cínicos? ¿Son indolentes? Por las noches, ¿apagan la luz de sus mesitas de noche y se quedan dormidos tranquilos? ¿Nada los tortura?

Un país que no protege a sus niños y niñas es un país miserable. Y un país, como Colombia, que además los explota y abusa de ellos, es ya inconcebible. No hay en él ya ni un rescoldo de humanidad.

El éxito de un país no se debería medir por el número de centros comerciales que tenga, o de rascacielos, o de autopistas, o de celulares, o de restaurantes refinados, o de condominios campestres de lujo, o de colegios bilingües, o de conjuntos cerrados (con sus vigilantes y sus cámaras), o de personas con tarjeta de crédito, o de barriles de petróleo que produce. Ninguna de esas cosas sirve para nada, si los niños están con hambre y mirando a sus mamás con los ojos anegados y las caras sucias.

Yo me pregunto, por ejemplo, es sólo un ejemplo, cómo hacen carrera tantos burócratas del Gobierno y sus dependencias. ¿Y qué tal los dirigentes gremiales? Esos son los primeros en batir palmas cuando ven al presidente cerca y se deshacen en zalamerías. No hay iniciativa gubernamental que no acojan y ensalcen y no pierden ocasión, cada vez que hay un problema, de llamar a “rodear al presidente”. La señora de Camacol, los señores de Fenalco, de la Andi, de la SAC, ¿no se ruborizan, no se inquietan ni un poquito cuando ven estas cifras de niños quebrantados acaso irreparablemente? Digo, con todo respeto, son sólo los que tengo presentes porque salen en la televisión incesantemente.

O ya con la denominación técnica que indicamos al principio, ¿es suficiente? Ya está hecho el trabajo. Ya tenemos un nombre técnico para esos niños con mocos y caries y ya sabemos cuántos son y más o menos dónde están. Ya podemos volver la espalda y pasar a otra cosa. A algún buen congreso en Cartagena, por ejemplo.

Todos, unos y otros, delante de este panorama colombiano de profunda injusticia, son unos indolentes. Unos indolentes profesionales. Yo preferiría menos progreso y menos modernidad y menos glamur, pero una sociedad más decente. Hecha sólo a la altura de nosotros, de todos, de nuestros sueños y nuestras luchas y nuestras dichas y penas. Sí, de veras, vivir en unas cabañas, al pie de un río, con la naturaleza en paz y abrazándonos. El día a día más duro, más precario en lo material, pero más decente.

Alrededor del fuego, como fue hace milenios y milenios. Y que alguien empezara a contar cómo había vadeado un río ese día para huir del ataque de un temible animal. Pero todos juntos, cercanos, clementes, amorosos, solidarios. Mientras anochecía y un relámpago en el cielo nos congregaba todavía más.

Gonzalo Mallarino Flórez

Por Gonzalo Mallarino Flórez

Escritor. Autor de varios libros de poesia y de ocho novelas, de las que hacen parte sus célebres Trilogía Bogotá y Trilogía de las Mujeres. Es frecuente colaborador de importantes periódicos y revistas
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