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El aborto

Pues claro que el aborto debe ser un derecho universal de las mujeres. A mí me tiene sin cuidado la discusión acerca de “cuándo empieza la vida”, lo mismo que las supuestas consideraciones morales o religiosas que siempre se sacan de la manga, para tratar de proscribirlo y satanizarlo.

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Esto, por la razón elemental de que las que se embarazan son las mujeres. Es su cuerpo el que atraviesa ese trance, no el de los hombres. Y es su vida, su porvenir, sus derechos, sus potencias humanas y vitales, sus sentimientos, su bienestar, su independencia y su mismo desempeño en la sociedad, lo que se pone en juego cuando una mujer toma, autónomamente, la decisión de llevar a término un embarazo.

Eso solo lo puede decidir ella, nadie más. Y mucho menos los hombres, como lo han hecho históricamente, ora vestidos de sacerdotes, ora de jueces, ora de amantes, ora de legisladores, ora de pensadores y sabios, ora de políticos que detentan un poder transitorio.

Solo la mujer sabe y puede decir si hay una vida dentro de ella o si la va a haber. Solo ella. Me importan un rábano las demás consideraciones. Si una mujer decide, en la circunstancia de un embarazo, que ese embarazo no va a finalizar en una vida nueva, ya está, no hay nada que discutir, no hay una vida nueva. No la va a haber, porque es la decisión de ella. Un embarazo solo termina en el nacimiento de un niño o una niña si la mujer embarazada así lo decide. Lo demás está remitido a un asunto biológico que es por completo inferior a la autonomía soberana de una mujer sobre su cuerpo.

Todo eso de que prohibir a las mujeres abortar es abogar por la vida, la familia, la sociedad, las buenas costumbres, la ética y la virtud religiosa, no es sino otra mentira de los hombres para seguir, como han hecho durante siglos, sojuzgando a las mujeres. Por el camino, han convencido a muchas mujeres de ese cuento y han hallado una forma más de timar a las mujeres. Y de seguir sometiéndolas, como han hecho durante siglos.

Es como si ciertos hombres —acaso miles, millones de ellos—, se arrogaran, históricamente, el derecho de poner en tela de juicio a las mujeres. De poner en duda su dignidad y su virtud. Como si ciertos hombres creyeran que tienen ese derecho. Todas las mujeres, salvo sus mamás y la Virgen María, pueden ser puestas, en lo que se refiere a su integridad, en duda, hasta que no se demuestre lo contrario.

Y ningún instrumento es más útil en ese propósito, que auto otorgarse el derecho de decidir que una mujer está obligada a llevar a término un embarazo. Que una mujer tiene terminantemente prohibido decidir, autónomamente, sobre su cuerpo. Que una mujer no tiene derecho, si así lo decide, a practicarse un aborto.

Aborto que debe realizarse en condiciones dignas y seguras, y que debe estar garantizado como un derecho inalienable por parte del Estado —Estado que es, perentoriamente, laico y civilista—. No falsamente moralizante, represor y perseguidor de las mujeres.

Por Gonzalo Mallarino Flórez

Escritor. Autor de varios libros de poesia y de ocho novelas, de las que hacen parte sus célebres Trilogía Bogotá y Trilogía de las Mujeres. Es frecuente colaborador de importantes periódicos y revistas
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