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El nuevo presidente y la religión

Gonzalo Mallarino Flórez

02 de septiembre de 2026 - 12:05 a. m.

No es más virtuoso el nuevo presidente que el anterior porque haga manifestaciones públicas de su fe religiosa, o porque convoque a una parte de la ciudadanía a actos religiosos, o porque encomiende el manejo del Estado, y la suerte misma de la nación, a Dios o a la Virgen de Fátima.

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No tiene el presidente De la Espriella ninguna superioridad moral o ética frente al expresidente Petro por manifestarse y comportarse como un hombre religioso y creyente. Ese ámbito de la fe y la práctica religiosa es esencialmente íntimo y personal, si bien los rituales –no solo religiosos sino de cualquier tipo, pues nuestra cultura está preñada de ellos– tienen la cualidad inestimable de congregar a la gente. Pero nosotros, la gente, somos la sociedad civil en el ámbito de un Estado laico, no una feligresía que orienta el nuevo presidente. En eso no hay que equivocarse. El presidente De la Espriella es el primer mandatario de la nación, no nuestro líder religioso.

Nosotros, la sociedad civil que guarda unas relaciones, o que tiene, mejor, un contrato social con el Estado laico colombiano, no estamos esperando actos piadosos ni virtuosos en el campo religioso de parte del presidente De la Espriella. Lo que estamos esperando es que acierte en la política pública y que gobierne bien. Eso es lo que lo haría superior –histórica y políticamente– a Petro, quien gobernó tan mal, dicho sea de paso. Eso sí, allí es donde el presidente De la Espriella está llamado, incluso, obligado, a tratar de superar a cualquiera de los presidentes que ejercieron antes que él. A partir del mandato que le dieron las urnas y los votantes en ejercicio de un derecho civil.

Que lleve el Estado a las regiones y consiga que haya paz, justicia y desarrollo. Que atienda con eficiencia las crisis del terremoto y de los incendios, y las que están por venir, como el temible fenómeno de El Niño. Que refinancie y fortalezca el sector de la salud. Que se ponga al día con el pago de subsidios en el sector energético. Que cree las condiciones para que haya progreso material, desarrollo y generación de empleo. En fin, asuntos vitales como esos, no que haga letanías y actos de veneración públicos. Eso que se lo guarde para la intimidad de su hogar, que es donde deben estar esas cosas.

La supuesta virtud de los hombres religiosos, por lo demás, es, con frecuencia, una pura mentira, una pose, una simulación. Hablo del asunto concreto del comportamiento humano. Del obrar bien o mal. De actuar de manera limpia y jamás permitir en los actos propios, el cinismo o la degradación o la deshumanización. De eso hablo, no de la fe.

Es en esa materia que digo que, con frecuencia, los hombres supuestamente muy religiosos son los más falsos y los más crueles. Y se parapetan en una superioridad moral y ética que les proporcionaría la exhibición de su supuesto fervor religioso. Esos hombres son los peores.

Piensen en Benjamín Netanyahu, por ejemplo.

Por Gonzalo Mallarino Flórez

Escritor. Autor de varios libros de poesia y de ocho novelas, de las que hacen parte sus célebres Trilogía Bogotá y Trilogía de las Mujeres. Es frecuente colaborador de importantes periódicos y revistas
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