Yo no tengo la expectativa de una vida ultraterrenal. Sé que nadie fuera de este mundo y de esta vida, me está aguardando. Sé que morir es extinguirse por completo y estoy tranquilo con eso. Lo único que pido, frente a las relaciones de casualidad que nos gobiernan, frente al “ciego azar y las secretas leyes” que nos rigen, es una muerte clemente. Nada de eso de un bel morir tutta una vita onora. Eso, a los 67 años que tengo, me parece una excentricidad literaria, una pose, nada más.
Más que a la muerte, le tengo culillo –como decían los viejos bogotanos de antes– a la “morida”. Una vaina larga, quebrantadora, degradadora. Que toque con su sombra y sus manos torcidas a mi esposa, a mis hijos y a mis nietos. Eso no, nunca. Pido una muerte de rayo, rápida.
Pero no me quiero morir ya. Carmen, los hijos y los nietos me dan vida, me entregan cada día una resonancia vital, un temblor, una vibración de átomos y linfa que me da vida, mientras tantas cosas en la vejez que empieza, se empeñan en quitármela. Y tres amigos que tengo hace la friolera de 60 años, ellos también me dan vida. Y la música, la poesía y el fútbol, que me hacen sentir la vida en las encías. Y escribir mis novelas, y el arequipe, la cerveza fría, las papas fritas hechas en la casa, y el arroz…, son todas cosas que me dan vida.
Me da mucho miedo la “morida”, sí. Además, yo soy muy hipocondríaco, lo que no ayuda para nada. Vivo enfermo de pendejadas, pero siempre pienso que son la antesala de mi capítulo final. Si estoy mal del estómago, ya tengo en el colon un…, bueno, no me atrevo ni a pronunciar la palabra del terror que me produce, tengo, digamos, una enfermedad letal. Si tengo gripa y empiezo a toser, ya tengo una enfermedad letal. Si tengo migraña, ya tengo una enfermedad letal, es cosa de hacerme un TAC y ahí saldrá…
Y las noches… hay épocas en que duermo muy bien, livianito, y no puede alcanzarme “la mora de dientes verdes”, la pesadilla aterradora a las tres de la mañana. Pero hay períodos en que atravesar la noche es muy largo y mi propia energía, mis propias pulsiones me hieren como cardos. No logro dormirme y se me abren ante los ojos unos valles lunares inertes, desoladores, que tengo que atravesar casi rengueando.
En el 2023 dejé de hacer psicoanálisis, después de 25 años casi ininterrumpidos. Gracias a eso, medio camino hacia adelante, de otra forma me hubiera autodestruido. Y hubiera destruido casi todo a mi alrededor, probablemente. La mente es muy honda, muy poderosa, sobre todo la mente inconsciente, y el análisis me ha ayudado. No presumo de conocer y gobernar mi psique plenamente, pero el ejercicio del diván me ha ayudado.
De todo esto me queda una certidumbre: la lección de la vida es la humildad. La vida nos dobla la cabeza, con fuerza, para que aprendamos a no ser altivos ante su naturaleza, ante su decurso, ante su forma de transcurrir y de fluir. Para quitarnos la soberbia.
“Humility is endless”, decía T.S. Eliot.