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La peste del narcotráfico

Gonzalo Mallarino Flórez

16 de julio de 2021 - 11:48 p. m.

La peste del narcotráfico nos golpeó tan duro que nos partió el espinazo.

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Quedamos dañados como nación. No podemos mover las manos para quitarnos el polvo y las lágrimas de los ojos. No podemos mover las piernas para recorrer el camino y llegar a un pecho y a unos brazos que nos estén esperando. Estamos lisiados. El narcotráfico nos dejó tirados en un camastro, muriéndonos de sed y de soledad.

Ningún país del mundo ha derramado el torrente de sangre que ha derramado Colombia. Para que los señoritos de todo el mundo se lleven a sus narices el polvillo de la cocaína, aquí tienen que morir miles y miles de personas. Niños, jóvenes, defensores de tierras, líderes de derechos humanos, mujeres que alzan asustadas a sus hijos, esposas que gritan quebradas de dolor, incluso san franciscos de asís que cuidan los ríos y los árboles y el aire. A todos los matan, los asesinan.

Pero los gobernantes y los altos dignatarios del Estado y los políticos que acechan como hienas, año tras año, lustro tras lustro, década tras década, se llenan la boca diciendo que Colombia no claudicará en su lucha contra el tráfico y el consumo de drogas. Porque son ilegales. Porque es la cruzada moral más importante en la historia de las buenas costumbres y la defensa del “imperio de la ley”. Los veo, con la boca llena, con la voz engolada, mintiendo y simulando.

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¿Y qué nos ha dejado todo esto?

Nada. Nada. Nada. Muerte y llanto. Dolor y sangre. Cuando -como ya está pasando con la marihuana-, los gringos y los europeos decidan no perseguir más las drogas y hacerse a las rentas del negocio y darle al problema del consumo el enfoque que debe tener, el de un problema de salubridad pública, todo cambiará. Y ya no habrá cruzada moral y nosotros miraremos hacia atrás para ver a Colombia convertida en un naufragio.

Es cosa de que ellos decidan cómo y cuándo. De la misma manera que deciden combatir el azúcar, o el gluten, o las harinas procesadas, o las comidas demasiado ricas en grasa o en sal, o el alcohol y el tabaco. El que los quiera, pues que pague. Y que ya nadie más se rasgue las vestiduras. Ya usted sabe que eso es malo para la salud, pero si paga, puede producirlo, distribuirlo, consumirlo. Y lo de la moral y la defensa de las buenas costumbres, al cuerno.

El veneno del narcotráfico ensanchó y extendió la violencia colombiana. Sin eso, la lucha guerrillera habría languidecido hace treinta o cuarenta años. El crimen organizado no sería tan poderoso y devastador. El alma colombiana no tendría estas sombras y estas manchas. Y nuestra piel no tendría estas pústulas y estas llagas. La peste del narcotráfico nos hizo errar el camino, como en una maldición bíblica.

Esa es la historia de los últimos cincuenta años. Y después de que en el 2016 logramos desmovilizar a 13.000 combatientes armados, no hemos alcanzado ni un mendrugo de paz. El Estado no hizo cabalmente lo que prometió que iba a hacer y el narcotráfico se dio cuenta. Y se cebó y se expandió como nunca. Y desató más y más violencia.

Y hoy somos el país más degradado y violento del mundo. O casi.

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Por Gonzalo Mallarino Flórez

Escritor. Autor de varios libros de poesia y de ocho novelas, de las que hacen parte sus célebres Trilogía Bogotá y Trilogía de las Mujeres. Es frecuente colaborador de importantes periódicos y revistas
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