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12 Nov 2022 - 5:30 a. m.

La rabia

Pues claro que uno se llena de rabia.

Cuando ve que violan a las niñas y a las mujeres, muchas, centenares, miles, todos los años. Cuando ve que atracan y asesinan a la gente por quitarle el celular, dinero o una bicicleta. Cuando ve que hay unos que rondan los colegios y quieren enredar en las drogas a los niños. O confundirlos y herirlos con mentiras. Incluso cuando unos cruzan corriendo la avenida y se suben a la brava en la plataforma de Transmilenio, para no pagar. O cuando unos rompen a pedradas los vidrios de las estaciones o de los edificios, incendian un CAI o golpean salvajemente por la espalda a una agente de la Policía. Cuando se roban entre el saco las cosas en los supermercados o cogen a patadas a un perrito. O cuando hay quienes son malignos con sus hijos, con chiquitos que tienen los ojos anegados y necesitan protección. Porque no tiene excusa ser falaz con los niños.

O cuando uno ve que un hombre o una mujer son secuestrados y se exige dinero para liberarlos y son amarrados a un árbol durante años. O cuando uno ve que se tima, se extorsiona, se confina, se desplaza o se asalta en su buena fe a alguien que está en una posición de debilidad. Como una persona cándida o sin educación o una joven estudiante asustada. O alguien con hambre, con frío y con tres niños a sus espaldas, de quien el otro saca provecho.

Entonces uno se llena de rabia. Pues claro. Y quisiera coger a patadas a esas personas, darles puños y palo. Y si la cosa va a peor, incluso, no alarmarse, ni indignarse ni preocuparse si esas personas malas son tratadas con violencia e injusticia, o son lesionadas, mutiladas o incluso asesinadas. Bien hecho, dirán algunos, se lo merecía, ojalá los mataran a todos.

Ahí es cuando tenemos que parar, pensar, reflexionar. No podemos propagar la furia, la vesania y la violencia. Tenemos que forjar unos Estados, jueces y sistemas de justicia que protejan, reparen y castiguen. No nosotros, llenos de rabia; no, no, no. Hay que contenerse. Hay que atajar al hombre primario que llevamos dentro, que es brutal y está dentro de cada uno, por lo menos a veces, y puede despertar. No podemos coger a patadas a los otros ni golpearlos, no podemos. Llevamos milenios tratando de construir la familia, la comunidad, la sociedad, precisamente alejándonos de los hombres sanguinarios que éramos al comienzo. Piénsese que hubo que impedir, en un momento dado, que los machos de la tribu tomaran a todas las hembras de la manada y las sometieran. Ese era su instinto primario. Fue necesario hacer cosas como esas para darle una oportunidad a la idea de civilización.

Por eso no podemos actuar así. Aunque nos hierva la sangre. Así estemos ante la injusticia y la bellaquería más espantosas. Tenemos que contenernos. Fíjense que por cosas así nació en Colombia el paramilitarismo, para no ir tan lejos. Por la rabia.

Gonzalo Mallarino Flórez

Por Gonzalo Mallarino Flórez

Escritor. Autor de varios libros de poesia y de ocho novelas, de las que hacen parte sus célebres Trilogía Bogotá y Trilogía de las Mujeres. Es frecuente colaborador de importantes periódicos y revistas
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