14 Aug 2021 - 5:00 a. m.

Los colombianos

¿Qué somos los colombianos?

Sé que García Márquez nos dibujó los rasgos de la cara y las manos y el golpe duro del corazón. Con Cien años de soledad pudimos mirarnos como nunca antes en un agua que refleja nuestra imagen, en un río del tiempo y de la historia. Sentimos en la respiración de una de las más bellas novelas de la humanidad, ademanes, gestos, lágrimas, resonancias de lo que somos, de lo que es ser nosotros, ser colombianos. Como Cervantes dibujó a España, así nos dibujó a nosotros el escritor del Caribe.

Y el retrato es hermoso y hace llorar y hace tener esperanza. Esperanza en unas gentes, en un pueblo. En nosotros. No se siente uno avergonzado mirando eso que hizo García Márquez, esa imagen que refleja el agua. Somos una nación que puede luchar y soñar y cantar. No es poco. Yo creo que el mismo mundo piensa que no es poco.

Pero, entonces, ¿por qué violamos a nuestras niñas y a nuestras mujeres? ¿Por qué las golpeamos, por qué las matamos? ¿Por qué matamos a nuestros campesinos? ¿Por qué asesinamos a nuestros jóvenes en los campos y en las ciudades?

¿Quiénes somos? ¿Qué somos? ¿Cómo podemos hacer eso?

Además, quiso el azar que en nuestras colinas, en nuestros collados, en nuestros valles se diera la mata de coca como en ningún otro metro cuadrado de tierra en el mundo. Y eso también nos ha degradado tanto. Y hemos permitido que nos gobiernen gentes siniestras, y eso también nos ha degradado tanto.

Y hemos mentido y hemos hecho trampas y hemos robado y ocultado durante muchos años. Y hemos sentido desprecio por los otros, por los que estaban débiles, por los que estaban ajenos y esperaban de buena fe. Los hemos despreciado y hemos creído que todo nos pertenecía, que teníamos derecho a coger todo. Nunca pensamos que la tierra y sus frutos y el aire y los pájaros, eran para todos. Nunca pensamos que hacer una nación, un país, era un viaje de muchos, de todos. Que el destino era colectivo y mirándonos, en cada posada del camino, a los ojos. Y sintiendo clemencia y dando de beber al otro. Y amando y besando limpiamente.

¿Por qué nos está saliendo tan mal esto?

¿Por qué un muchacho quiere moler a patadas a otro en las graderías de un estadio? ¿Por qué esa rabia y esa vesania? Por qué una mujer y sus hijos tienen que echar a andar por entre la selva para que no los maten. O para no morirse de hambre. ¿Por qué esa niña tiene que ir a escondidas a un médico y correr el riesgo de que la desangren? ¿Por qué ese niño no pude jugar ya nunca más con su trompo y su carrito? ¿Por qué lo acechan tantas hienas?

¿Qué más nos tiene que pasar? ¿Qué más tragedias nos caerán encima? A veces, en verdad, sentimos que este desierto no se acaba, que no hay un hontanar para nosotros. ¡Cómo vamos de mal! Y cómo mentimos y escondemos la realidad. Para que unos sigan riéndose y cebándose y embriagándose.

Y lo único que parece oírse es: ¡corran!, ¡corran!, ¡corran!, ¡levanten más tapias y pongan más cámaras y más vigilantes armados!, ¡pongan más alambres y más porterías y más verjas!, ¡escóndanse que ya vienen los bárbaros!

Perdimos la razón. Los fantasmas de José Arcadio Buendía nos siguen rondando. Y nos hunden en la peste de la violencia.

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