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Personas como Daniel Ortega y su esposa, dictadores de Nicaragua, son despreciables. Personas como Delcy y Jorge Rodríguez, gobernantes ilegítimos y mafiosos de Venezuela, son despreciables. Personas como Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel, dictadores de Cuba, son despreciables.
Esto, para no salir de nuestro continente, porque a lo largo y ancho del mundo el reino de los despreciables se engrandece y se vuelve aún más tenebroso y degradado. Simuladores y mentirosos profesionales, cínicos, criminales, gentes que le volvieron la espalda ya no solo a la verdad y la justicia en la tarea de gobernar, sino a la naturaleza humana.
Gentes despreciables, totalmente deshumanizadas. Como decir un Hitler, un Stalin, un Mao Tse-Tung, en el siglo pasado. Malignos, bebedores incontenibles de la sangre de sus naciones, de las lágrimas de sus naciones. Y fíjense cómo en todos los casos hay siempre un estamento que los apoya: los militares, las Fuerzas del Orden de cada uno de esos países. Esos monigotes vestidos de uniforme, que fungen de generales, de coroneles, de almirantes, etc., también son despreciables. Están cometiendo todos los días un crimen de traición histórica al pueblo que estaban obligados a proteger. Lo traicionaron muertos de la risa, a cambio de falsos honores y ríos de plata.
En eso no se engañen nunca, respetados lectores y lectoras, para volverse un dictador despreciable, se necesita de un Ejército y unas Fuerzas del Orden despreciables. Sucias. Corruptas. Deshumanizadas. Tal como las de Venezuela, Nicaragua y Cuba. Una caterva de “oficiales” de muchos soles y condecoraciones, expertos en desaparecer gente, en asesinar gente, y en escupir sobre los derechos humanos y civiles de todo el mundo.
Siempre, sin excepción, la violencia desatada en las dictaduras está soportada en el estamento militar. No se engañen en eso. Cualquier gobernante que funda su proyecto de gobierno en el elemento militar es de temer; ese es el que más pronto se dejará tentar y seducir por el autoritarismo y la cancelación definitiva de la civilidad y la democracia. Ese es el que más pronto va a reventar y a quebrantar los derechos humanos y las libertades civiles y constitucionales.
Ante este panorama estremecedor, tenemos que renovar y fortalecer y acerar, con toda nuestra fuerza, la pasión por lo civil, por lo ciudadano, por lo que se construye desde las comunidades y las instituciones democráticas y la sociedad civil como un todo. Nunca lo militar ha resuelto realmente nada en lo concerniente al bienestar de una nación. Nunca. Eso es paja. Esos son espejismos. Las balas y las bombas y los culatazos jamás han construido una sociedad justa, feliz y con porvenir.
La Constitución, las instituciones y la sociedad civil son lo que construye la justicia y las condiciones para la paz y para el destino colectivo, el de todos y todas, que debe buscar sin descanso toda sociedad. Lo militar jamás ha tenido respuestas para eso. Jamás.
