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11 Jun 2022 - 5:00 a. m.

Los migrantes

Los migrantes son pobres y están cansados.

En la carretera no tienen comida, no tienen un baño, no tienen una cama. Las mujeres están rendidas de cansancio y llevan sus críos a la espalda o apretados contra el pecho. Van ahora, en este instante, caminando lentamente, bañados en sudor, desde el sur de México y hacia la frontera de Estados Unidos. Hacia el suculento “primer mundo”. Son venezolanos, colombianos, cubanos, centroamericanos, haitianos, incluso africanos. Son miles, van caminando, ahora mismo, tienen los pies sucios, con ampollas, tienen las axilas empapadas, muchos arrancaron a caminar desde el sur del continente y cruzaron la selva del Darién.

Allí van, son miles buscándose una vida. No son distintos, humanamente, a los pioneros que hace quinientos años llegaron del Viejo Mundo y colonizaron Norteamérica. Así se hizo ese país, de hecho, a punta de inmigraciones. En esas épocas iban las largas caravanas de carromatos a campo traviesa y temían mucho los ataques feroces de los indios nativos, que los miraban espantados. Esos inmigrantes eran rubios, ojiazules, las mujeres tenían trenzas doradas y los hombres barbas floridas. Estos de ahora, nosotros, los latinos o los africanos, el “tercer mundo” mejor dicho, no tenemos los ojos azules.

Allá van, en este minuto. Son pobres, ya se dijo, muy pobres. Al llegar no los espera una bienvenida. Al contrario, los esperan unos policías de fronteras montados a caballo o en camionetas, agresivos, brutales, inclementes. No los quieren dejar pasar, no los van a dejar entrar a su rica nación. Son indeseados, son ilegales. No pueden entrar al primer mundo. No. Son una turbamulta de pobres, una pobrecía, y como decía el poeta Ledo Ivo:

“¡Y cómo sus olores incomodan a pesar de la distancia! No tienen la noción de las conveniencias, no saben comportarse. El dedo sucio de nicotina restriega el ojo irritado que del sueño retuvo apenas la lagaña. Del seno caído y dilatado escurre un hilillo de leche hacia la pequeña boca habituada al llanto”.

Sí, a todos incomodan los migrantes pobres. Veo a esta muchedumbre en la televisión y pienso en los estadounidenses de Texas, por ejemplo, ahí en la frontera, mirando al gentío y temblando de rabia y de miedo. Esos hombres tan blancos, tan altivos, tan armados para que no se les metan los pobres a sus barrios, a sus clubes, a sus centros comerciales, a sus condominios. No sea que contaminen sus “valores americanos”.

Definitivamente, lo mejor, pensarán, es construir una pared muy alta, un muro impenetrable, a lo largo de miles de kilómetros de frontera. Para que ninguno de esos perdularios se nos meta aquí.

En unos pocos años, Angela Merkel recibió a millones de inmigrantes en Alemania. Nosotros, los colombianos, hemos hecho nuestra parte, hemos albergado a más de 1,5 millones de venezolanos. Vamos a ver qué hacen los gringos esta vez.

Si se impone la postura egoísta, conservadora a ultranza, o una más humana. Vamos a ver. Se trata de quince mil almas. No es mucho pedir para un país tan grande.

Gonzalo Mallarino Flórez

Por Gonzalo Mallarino Flórez

Escritor. Autor de varios libros de poesia y de ocho novelas, de las que hacen parte sus célebres Trilogía Bogotá y Trilogía de las Mujeres. Es frecuente colaborador de importantes periódicos y revistas
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