15 Jan 2022 - 5:00 a. m.

Los niños de San Onofre

¿Por qué se murieron los niños de San Onofre?

Tuvo que ser que todo pasó muy rápido y no pudieron salirse de su casa. ¿Acaso uno sí pudo? ¿Y los demás? Las llamas crecieron muy rápido y los asustaron. Los cercaron. Y el humo, que los debió de asfixiar. Tuvo que ser, ahí en su vereda de El Bajito. Y la casa endeble, pobre, de varas de madera. Y el maldito fogón que se quedó prendido. Y los padres, incautos, de repente tuvieron que salir a trabajar. Volvieron y ya solo vieron las cenizas y los cuerpos como leños grises.

Tres hermanos y un bebé murieron. El bebé tenía solo 4 meses y los hermanos, Jesús David, Vanesa y María del Carmen, tenían entre 11 y 13 años. Nada. Unos peladitos, unos chiquitos. María del Carmen, la mayor, era la madre del bebé, muy jovencita para tener ya un hijo. El niño llevaba el apellido del lado materno.

Todo tuvo que ser muy rápido para que no pudieran hacer nada, para que no pudieran salvarse. Los niños son veloces, saltan, se estiran, corren, ¿por qué estos no pudieron salvarse? ¿Por qué estaban solos? ¿Por qué no pudieron salir?

Las llamas inmensas ahí, el humo, la casa frágil y pequeña, las caras de los niños llenas de susto y de sorpresa y teñidas de ese color como anaranjado del fuego, del fuego que arrasa. Las caras resplandecientes de las llamas. Y la angustia de quemarse, de morirse, y morirse siendo un niño. Todos juntos, morirse todos juntos, los hermanos y el bebecito. Los niños que un día antes jugaban y cantaban.

Veo en la mente a San Onofre, la plaza, las bancas de cemento de hace muchos años. Al fondo, los Montes de María, con tanto dolor y tanta violencia y tantas lágrimas. Y ahora la muerte de estos niños. Es como si no hubieran tenido una oportunidad nunca. Como si la vida que les entregamos como sociedad fuera mala, estrecha, mezquina, desde el puro comienzo.

Esos niños ahí, en El Bajito, encerrados en esa casa de varas de madera, son culpa de todos nosotros. Como la sociedad que somos. El humo creciendo, copando todo el aire, las llamas haciendo resquebrajarse y crujir el techo de hojas secas, son culpa de todos nosotros. Como el país que somos.

Somos un país desgraciado en el que se mueren los niños así. Esas caras resplandecientes, que las llamas hacen ver ahora llenas de susto y de lágrimas, son culpa de todos nosotros. Yo tuve una buena infancia. Estos niños de San Onofre tuvieron la pobreza y las llamas que les quemaron la piel y los ojos y las manos delgadas. Yo siento angustia y culpa ahora, delante de su muerte. De repente, todo el que tuvo una infancia feliz tendría que pensar en esto, tendría que sentir intranquilidad por lo menos. No puede ser que el destino cargue la mano así, sea injusto así. No puede ser. La vida tiene que ser pródiga con todos los niños del mundo. Si no, no vale la pena.

Las manos delgadas… Poco pueden las manos de los niños contra el fuego. Y es culpa de todos nosotros. Era nuestra responsabilidad protegerlos, salvarlos, darles una chance de vivir y de sonreír. No haberlos dejado así, solos, asustados entre el denso, venenoso humo.

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