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3 Dec 2022 - 5:01 a. m.

Nostalgias postreras

Ahora que empiezo a envejecer, quiero más a Colombia.

Sí, este mes de diciembre cumplo 64 años y quiero más a Colombia que en cualquier otro momento de mi vida anterior.

Ya había dicho una vez que podía dejar de viajar a otros países. A cualquier país, sin el menor problema. No hay nada que me llame, que me ligue a otra parte. Nada. Quemaría el pasaporte si alguien me asegurara que voy a tener las piernas buenas para caminar y llegar a donde está Colombia esperándome, como una novia con los labios entreabiertos.

Unos años más. Los que me toquen. Ahora que la vida duele tanto y colma tanto y estremece tanto. Unos lustros más con mis pernas firmes y mis pulmones abiertos, mis alvéolos abiertos a cada burbuja de oxígeno que se precise.

Para volver a una playa que está clavada en mi inconsciente y me llama y me llama incesantemente. Volver a una arboleda que amo y que está grabada contra el lienzo del tiempo como un fotograma, y ya nada, ninguna cantidad de siglos podrá o desleírla. Volver a un recodo hundido misteriosamente en mis recuerdos, a un paraje, a una vega, a una llanura, a un campo de espigas doradas, a un cerro nublado donde la neblina me moje las pestañas.

Y sentir la voz de las mujeres, de los niños, que son la sangre primigenia, verdadera de la tierra. Su ansia, su respiración telúrica. Sentir los acentos de todos, en todas las comarcas, las aldeas, los poblados, las plazas, los corredores y las galerías de vidrios lejanos, los miradores y los atrios, las desembocaduras y las caídas, los remansos donde el agua verde de esporas se empoza en el seno de mi país de vertientes.

Sí. Sentir las risas, las lágrimas, las canciones. Hasta las imprecaciones y las maldiciones que a veces nos brotan de la boca. Sentir a la gente colombiana cantar, gritar, bailar, amar, besar, luchar, soñar. Nada de eso lo cambiaría por un viaje a Europa. O a Estados Unidos. O a un emirato árabe. Ni mucho menos al inefable Catar. Nada hay allá esperándome. Nadie hay aguardándome.

Mientras pueda ver a mi país, mientras pueda sentir las ondas del viento caliente en las manos y en la espalada, mientras pueda ver el mar esplendente, mientras pueda oír que la lluvia cae mansa sobre los pardos tejados, sobre los árboles que tengo todas las mañanas ante mis ojos, mientras pueda oír el canto de las chicharras y sentir en la cabeza los bastones de la luz del sol que caen entre las ramas.

¡Dadme eso, no más!

Ahora, de viejo, no me he ido de un lugar y ya estoy nostálgico. No he ni salido y ya estoy nostálgico por el lugar que dejo. Y me da miedo solo pensar que nunca más volveré a ese lugar otra vez. Como si las cuentas del rosario de la vida se estuvieran de veras acabando. Quedan pocas en las manos, entre los dedos temblorosos del hada que lleva el recuento de nuestras vidas en algún valhalla.

En fin, que me he vuelto blando y sentimental. La energía ha mermado y hay que verterla solo sobre lo verdadero.

Gonzalo Mallarino Flórez

Por Gonzalo Mallarino Flórez

Escritor. Autor de varios libros de poesia y de ocho novelas, de las que hacen parte sus célebres Trilogía Bogotá y Trilogía de las Mujeres. Es frecuente colaborador de importantes periódicos y revistas
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