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Susana Muhamad y Juan David Correa dejaron sus cargos en el gobierno en el momento en que el presidente Petro nombró como ministro del Interior a Armado Benedetti. Fue un acto de coherencia política de su parte, pues no iban a formar un gabinete en el que estuviera entronizado un individuo como ese. De ninguna manera. El propio presidente podía decaer, podía degradar el Estado hasta ese punto, pero no con la aquiescencia ni la complicidad de ellos dos.
Desde el instante en que cada uno ingresó al gobierno, yo los he visto con inmenso respeto y admiración. Me pareció en su momento, y me parece hoy en día, que los dos tienen una visión humanizada del ejercicio de la política, del Estado y de la sociedad colombiana, que es vital, que es esencial para la construcción del país del presente y del porvenir.
Ambos son decentes hasta los tuétanos, agudos en el raciocinio y, además, cabalmente formados en su ámbito de acción. Y ambos tienen la pasión de la civilidad, de la justicia social y de la construcción colectiva de un ideal de destino histórico para nuestro país. E insisto en la palabra colectiva, pues ambos abominan de cualquier concepción de la tarea de gobernar que excluya a alguien, que satanice a alguien, que engañe a alguien, que margine a alguien, que persiga a alguien, que desprecie y degrade a alguien. Por lo menos, esa es la percepción que yo tengo.
Son dos figuras del llamado “progresismo” que, precisamente por el envilecimiento al que lo sometió durante cuatro años el gobierno mentiroso y corrupto de Petro, valen oro hoy en día. Esa visión del “progresismo”, o en un sentido más preciso, esa visión del Estado justo y humanizado, del Estado verdaderamente “social” que preconiza la Constitución, vale oro en este momento.
Ellos, que sí tienen esa visión genuinamente, que son leales a ultranza a esa visión, que son incorruptibles en la defensa de esa visión, son quienes deberían encabezar la oposición al gobierno que está por llegar, estatuto que protege y hace prevalecer nuestro orden legal. Ellos son los llamados a hacerlo, no el opaco y silencioso Iván Cepeda, que calla delante de los vicios y las terribles equivocaciones de su padrino político de ocasión, el actual presidente de la República. Y, por supuesto, no el mismo Petro, quien está por convertirse en expresidente y quien ha perdido toda legitimidad y toda credibilidad.
Susana Muhamad y Juan David Correa pueden hacer certero y efectivo el ejercicio de la oposición, vital en la preservación de la democracia. Y su fuerza, que tiene origen en el hecho de que son seres humanos probos, correctos, honestos, representa la posibilidad de futuro para movimientos y corrientes políticas distintas a las que, durante más de 200 años de vida republicana, han detentado el poder y gozado de sus privilegios.
Por eso figuras como Susana y Juan David valen en oro en estos momentos. Espero que estén activos en los años que vienen.
