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De la Espriella y la prensa: hostilidad como estrategia

Gonzalo Silva Rivas

19 de junio de 2026 - 05:46 p. m.

En las campañas presidenciales, el escrutinio público es inevitable. Los periodistas cumplen la función de interrogar, contrastar y poner bajo la lupa las trayectorias de quienes aspiran a gobernar. Sin embargo, en el caso de Abelardo de la Espriella, el candidato de la extrema derecha, el ejercicio periodístico ha sido recibido con una hostilidad recurrente, marcada por frases altisonantes, descalificaciones personales y ataques que trascienden el debate político para convertirse en agresiones contra la prensa misma.

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Los ejemplos abundan. En entrevistas televisivas, como la realizada por María Lucía Fernández en Noticias Caracol, el candidato respondió con desdén: “tú no entiendes la diferencia porque no tienes formación en derecho”, frase que buscaba desacreditar la trayectoria de la periodista.

En otra ocasión, frente a Laura Rodríguez, su tono condescendiente, morboso y ofensivo reforzó un patrón misógino y pendenciero. La Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) ha advertido que estos episodios no son aislados: forman parte de un estilo sistemático de confrontación con quienes cumplen la tarea de preguntar lo que incomoda.

Solo entre 2008 y 2019 el actual candidato denunció a 109 comunicadores que han investigado su trayectoria por delitos de injuria y calumnia, según registra la FLIP. Entre ellos se incluye a columnistas y directores de medios, como ha sucedido con los periodistas Daniel Coronell e Ignacio Gómez; con el columnista de El Espectador Jorge Gómez Pinilla; con la directora de Noticias Uno, Cecilia Orozco y, últimamente, con Ana Bejarano, columnista del diario El País de España. En la mayoría de estos casos las demandas civiles incluyen exigencias económicas desorbitadas e impagables.

La incomodidad frente a la prensa se explica, en parte, por los temas que suscitan preguntas inevitables: su sorprendente fortuna, su falta de experiencia como administrador público, sus relaciones con líderes paramilitares como Salvatore Mancuso, Ernesto Báez y Juancho Dique, sus relaciones con Alex Saab, el detenido testaferro del gobierno venezolano acusado de lavado de dinero, con David Murcia Guzmán, líder de la mayor estafa piramidal de Colombia y con su controvertido rol en la Fundación por la Paz (FIPAZ).

Intimidación como discurso

Este talante explosivo y guerrerista no se limita al trato con periodistas. De la Espriella ha extendido sus ataques verbales a opositores políticos y a seguidores del actual gobierno, con frases desproporcionadas que buscan más la intimidación que el debate. Ha amenazado con que “destripará a los zurdos” y, recientemente, en entrevista con Caracol Radio, calificó de “oligofrénicos” e “imbéciles” a los simpatizantes del presidente Petro. Su discurso, cargado de altisonancia, revela un temperamento poco dispuesto a la crítica y a la contradicción, rasgos preocupantes en quien aspira a dirigir un país.Aunque estos últimos asuntos no son el eje de esta nota, sí se conectan con la hostilidad hacia los periodistas que los tocan. Cada vez que se indaga sobre dichos temas o expresiones, la reacción del candidato ha sido la descalificación y el ataque personal.

El riesgo, entonces, es evidente. Un eventual presidente con este talante podría comprometer gravemente la libertad de prensa y de expresión en Colombia. La consecuencia más inmediata sería la autocensura, obligando a medios y periodistas a abstenerse de investigar o cuestionar por temor a represalias verbales o políticas. La misma FLIP ha subrayado que normalizar estos ataques sería un retroceso para el control político y para la democracia misma.

La historia de Colombia en materia de libertad de prensa ha sido compleja. Muchos periodistas han enfrentado censura, persecución y violencia, pero también, con valentía, han resistido presiones, defendiendo el derecho ciudadano a estar debidamente informado. Esa resistencia ha sido fundamental para mantener viva la democracia en medio de tantas crisis y conflictos. Por eso, cualquier amenaza contra la prensa no es un asunto menor. Es un golpe directo al corazón del sistema democrático.

La libertad de prensa y de expresión no son concesiones del poder, sino pilares de la democracia. Sin ellas, el control político se desvanece y el ciudadano pierde su capacidad de exigir cuentas. En este contexto, la hostilidad de Abelardo de la Espriella hacia los periodistas no es solo un rasgo personal: es un síntoma de lo que podría ser un gobierno intolerante a la crítica.

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Una alerta democrática

Colombia ha vivido etapas en las que la prensa fue acallada por la violencia, por la censura oficial o por el miedo. Cada retroceso en este terreno ha significado un debilitamiento de la democracia y un empobrecimiento del debate público. Hoy, cuando el país enfrenta el reto de consolidar instituciones más sólidas y transparentes, la posibilidad de un gobernante, como De la Espriella, que desprecie la crítica y ataque a los periodistas debería encender todas las alarmas.

La pregunta que queda flotando es qué tipo de país seríamos si la prensa se viera obligada a autosilenciarse. Una Colombia en la que los periodistas callen por miedo sería más opaca, más trágica, más vulnerable a la corrupción y menos capaz de defender los derechos de sus ciudadanos. La autocensura es la antesala del autoritarismo. Con su reinado desaparecen los contrapesos, se silencian las voces incómodas y se extinguen las preguntas que el poder no quiere responder.

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La presidencia de Abelardo de la Espriella, en consecuencia, podría representar uno de los más graves riesgos de las últimas décadas para la democracia colombiana y, particularmente, para la libertad de prensa y de expresión. Si De la Espriella llegara al poder, tendría que empezar por desarmar su espíritu. Gobernar exige escuchar, respetar y aceptar la crítica como parte esencial de la vida democrática. Porque un país sin prensa libre es un país sin espejo, y un país sin espejo es un país condenado a caminar a oscuras. Una Colombia gobernada por un líder autoritario que empuje hacia el ostracismo a la prensa que le incomoda sería una nación amputada de su conciencia crítica y condenada a caminar a ciegas frente a sus propios errores. Cuando los periodistas dejan de investigar por temor, el poder deja de rendir cuentas; cuando las preguntas se apagan, prosperan los abusos, y cuando la verdad se vuelve un riesgo, la democracia comienza a desmoronarse.

Esa es, quizá, la amenaza más profunda de una eventual presidencia suya: que la prensa renuncie a su capacidad de revelar aquello que el poder, bajo sus manos, preferiría mantener oculto y que el país termine renunciando a su derecho de conocer las actuaciones de quien lo gobierna.

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