Colombia abre 2026 con la fundamentada confianza de que el turismo seguirá cumpliendo un papel estratégico en la economía. Las expectativas del país se centran en superar una cifra de siete millones de visitantes internacionales para consolidar, de esta manera, la tendencia ascendente del sector durante los últimos años y proyectar un impacto considerable en el PIB nacional.
Elevando el vuelo, desde la pospandemia, y después de un 2025 que marcó su recuperación con cifras positivas en distintos frentes, el sector entra en un nuevo ciclo con perspectivas razonables, pero, sobre todo, con una propuesta turística auténtica y sostenible que le reporta abundante recarga de combustible para seguir ganando altura.
El Gobierno ha fijado la meta de 7,5 millones de visitantes del exterior, proyección soportada en el considerable auge del turismo global, con crecimientos porcentuales significativos, y al progresivo interés del mercado internacional por destinos que ofrecen experiencias genuinas. En este aspecto Colombia reporta la imagen de un país con enorme potencial, apoyado en estrategias de promoción, como la que actualmente adelanta bajo la marca Descubre la diversidad del país de la belleza, que -como en la recién clausurada feria española de FITUR- ha permitido visibilizar nuestra riqueza cultural y natural, atrayendo flujos de viajeros.
El turismo interno promete dinamismo y un repunte en los viajes locales dada la eventualidad de una mayor recuperación del poder adquisitivo en ciertos núcleos sociales. Las perspectivas se encaminan hacia lugares perfilados como epicentros de turismo de naturaleza, comunitario y regenerativo, el caso del Eje Cafetero, la Sierra Nevada de Santa Marta, el Amazonas y los Llanos Orientales, favorecidos para una demanda que busca territorios no tradicionales. El Caribe seguirá siendo una carta fuerte, pero con el reto de diversificar la oferta más allá de San Andrés y Cartagena, integrando propuestas culturales y ecológicas que eviten la saturación de las principales capitales.
La conectividad aérea fijará otro termómetro tras los tropiezos de 2023 y 2024 con la salida de algunas aerolíneas. Luego de un 2025 estable, se espera mantener un crecimiento en alza, con más rutas internacionales y ampliación de frecuencias hacia ciudades intermedias. El transporte aéreo, vital en un país de geografía fragmentada, seguirá siendo el motor que articule la movilidad turística, pero requerirá de inversiones sostenidas para asumir desafíos en infraestructura aeroportuaria y calidad del servicio.
Por el lado hotelero se proyectan tasas de ocupación superiores al 60 %, con énfasis en Bogotá, Medellín y Cali, donde el turismo corporativo y de eventos complementa la llegada de viajeros de ocio. Los hoteles boutique y los alojamientos rurales podrían ganar terreno respondiendo a la tendencia turística de personalización y sostenibilidad, pero, sin embargo, el último incremento del salario mínimo plantea un dilema para ciertas pequeñas y medianas empresas que podrían sentir presión en sus costos de no diseñarse políticas de apoyo y capacitación.
La actividad se empotra en la economía nacional, con posibilidades de generar divisas superiores a los USD 8.000 millones este año, aporte clave para fortalecer las finanzas del Estado y dinamizar las economías locales, llevando inversión y empleo a comunidades alejadas del crecimiento económico. Elemento fundamental será conservar buenas relaciones con Estados Unidos, un emisor estratégico con más de 1,2 millones de turistas en 2025, según Anato.
El turismo colombiano cuenta con fortalezas en materia de diversidad natural, riqueza cultural, hospitalidad y una narrativa fresca que conecta con los intereses de los viajeros, pero también enfrenta serias debilidades: infraestructura insuficiente en carreteras y aeropuertos, baja inversión en tecnología para la promoción digital, escasa capacitación turística en algunos lugares y la urgencia de mejorar la seguridad en ciertas zonas estratégicas. Desafíos en los que Gobierno y empresarios deberán articularse para sostener el crecimiento y evitar que la bonanza se diluya en problemas estructurales.
El sector inicia 2026 como un avión que acelera en la pista, con la promesa de un vuelo más alto y más largo. Está abierta la oportunidad de demostrar que puede sostener su ascenso, siempre que sepa corregir las turbulencias y aprovechar los vientos favorables. El desafío será mantener altura sin perder rumbo, siguiendo una ruta trazada: diversidad, sostenibilidad, conectividad y seguridad.
El escenario internacional ofrece un contexto favorable y Colombia se alinea con las prioridades de los viajeros contemporáneos. Pero como en todo vuelo, dependerá de la pericia del piloto y de la solidez de la nave para poder decir, al final del año, que el país no solo recibió más turistas, sino que está aprendiendo a mirarse a sí mismo como un destino que, como el vuelo de un colibrí, puede llegar a sostenerse en el aire gracias a la fuerza de sus propias alas.
En el sector 1. Las plataformas de alojamiento de corta duración parecen desbordar el panorama. Lo que en principio parecía una alternativa flexible y asequible, hoy se traduce en tarifas que rayan en lo escandaloso: alquileres diarios que superan con creces los ingresos de la mayoría de los colombianos y que, en muchos casos, expulsan al turismo nacional de sus propias ciudades. La promesa de democratizar la oferta se está convirtiendo en un espejismo, donde la especulación manda y la hospitalidad se reduce a un negocio sin rostro. El caso reciente de Medellín, durante el promocionado concierto de Bad Bunny, resulta bastante ilustrativo sobre sus excesos.
En el sector 2. El auge turístico de Cartagena confirma su atractivo como destino caribeño de primer orden, pero también abre interrogantes sobre su capacidad real para recibir grandes oleadas de viajeros. El tráfico vehicular caótico, incluso en baja temporada; las vías destruidas fuera del centro histórico y las fachadas deterioradas en barrios no turísticos contrastan con la imagen que se proyecta hacia el exterior. A ello se suma la falta de capacitación en buena parte del personal de restaurantes y comercios, donde la amabilidad y la simpatía no siempre acompañan el servicio, y unos precios encarecidos, pensando más en el consumo de los extranjeros que en el bolsillo local.